La eterna lucha

Veo su rostro sobre el papel envejecido, que sigue conteniendo la imagen de mi pariente, a pesar de que los bordes de la fotografía están carcomidos. Miro sus ojos y no puedo imaginarme qué sentiría en el momento en el que el fugaz e intenso estallido del fósforo, con el que sus rasgos quedaron impregnados en celulosa, le golpeó el rostro como si el intenso haz de luz le despojara del paso del tiempo y quedara a resguardo de su transcurso.

Abro la caja y observo historias, caras familiares y otras que no lo son tanto. Leo anotaciones al reverso de las fotografías, escritas con una perfecta caligrafía y que esgrimen unas pocas palabras que componen extrañas dedicatorias cuyo contexto fue devorado por el tiempo: “Para mi querida hermana en recuerdo de su ayuda durante mi larga enfermedad”. Es macabro pensar en todos esos acontecimientos que, por mero azar, conformaron la oportunidad de que yo esté confinado en mi habitación escribiendo, azaroso y meditabundo, estas bagatelas.

Hay una fotografía que me llama la atención. Sospecho que la pareja que sale en ella son mis bisabuelos, a juzgar por su juventud, cuando todavía eran novios. Miran a la cámara, sonrientes, con el puerto de Barcelona a las espaldas y el viento azotándoles de costado. Sobre el mar se interponen un par de embarcaciones, que se intuyen a lo lejos, en el horizonte. Entonces no sabían que tendrían que exiliarse, ni que pasarían años de penurias, como tantas otras personas. En esa foto se les ve enamorados, entornando los ojos y entrelazando sus manos como quien acariciaría el aire, ilusionados ante una boda inminente según delata la fecha que figura en el margen de la foto: “Junio, 1925”. ¿Dónde quedó almacenado este pasado?

En el silencio de la habitación recojo las instantáneas no de una vida, sino de varias. Junto todos estos retazos de vida, que ahora no son más que polvo y esquirlas de hueso, que ya no sienten y que sucumbieron al tiempo. No puedo decir si fue o no en vano. No me atrevo a considerar la utilidad de una vida si se queda confinada en una caja de zapatos a la espera de que algún curioso destripe esas memorias e intente recomponer las historias de aquellos que esperan en su interior.

Me quedo perplejo ante la foto más antigua, “1894”. Aparece una mujer, de perfil, vestida con esos trajes decimonónicos que ahora se nos antojan ridículos, incómodos y pesados. Mira por detrás de la cámara, seria y altiva.

Suelto una carcajada, que me turba y rompe con la solemnidad de la escena. ¿No es desternillante la naturaleza humana, que dota de la mayor ceremonia a algo pasajero como es la existencia? Y ahora nadie se acuerda de esta señora, como nadie se acordará de mí dentro de doscientos años.

Mientras guardo la caja en lo alto del armario resuena en mi cerebro la eterna pregunta sin respuesta. ¿Dónde quedaron sus pensamientos, su visión del mundo? ¿Ha quedado disuelta para siempre en un mar a la deriva?

El pasado ha desaparecido, el presente se me hace cada vez más esquivo, el futuro será cruel con los recuerdos. ¿Qué es lo que nos impulsa a levantarnos por la mañana? ¿Qué nos obliga a relacionarnos, a odiarnos, a amarnos? A burlar el natural instinto por disolvernos en la espiral de la locura…

¿Por qué afrontamos la eterna lucha, perdida de antemano, de sobrevivir al tiempo?

Aresio Sancha

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