El hambre

No me extraña que se esté tambaleando de esa manera, el niño. Con el calor que hace, sería extraño que se mantuviese de pie sin problemas. Se tambalea como un barquito, un barquito que oscila entre la vida y la muerte, entre hundirse o seguir adelante. El sol no está siendo realmente amable con el niño: recuerdo pocos días en los que sus rayos hayan sido tan intensos como en éste. Pobre niño.

Llevo ya un buen rato persiguiéndole. Unos minutos, diez o quince, como mucho. Se me da muy bien reconocer a este tipo de niños. Niños que se tambalean, niños que parecen barquitos, niños que acaban en el suelo. Claramente le hace falta algo de ayuda. No dejo de perseguirle.

Me pregunto si me habrá visto, aunque rápidamente me quito esa idea de la cabeza. El niño está concentrado en sobrevivir, en no acabar cayendo, como muchos otros, al suelo. No se rinde. Camina y se sostiene con esas dos patitas finísimas, mientras el calor, y el hambre, tratan de derrumbarle.

Su pueblo no debe de estar lejos, o al menos eso es lo que pienso yo. No creo que se haya podido alejar mucho de su hogar, por mucha hambre y necesidad de buscar alimentos que pudiera tener. O quizás sí. Nunca se sabe hasta dónde se puede llegar por hambre.

El niño se queda quieto, de pronto, y sus piernecillas parecen estar a punto de quebrarse. Me acerco un poco más. Noto que no queda nada para que llegue mi momento. Tengo que esperar; quizás al niño aún le quedan fuerzas para proseguir.

Le observo. Ahora está batiéndose en duelo contra sí mismo: una parte de él quiere llegar a la aldea y descansar y seguir muriéndose de hambre; la otra quiere desmoronarse y dejar de sufrir de una vez. Se acerca mi oportunidad.

Finalmente, el niño se cae al suelo de bruces. No llora porque no tiene ni fuerzas ni el agua suficiente en el cuerpo como para lograrlo. Ahora ya me coloco, con cuidado, a su lado y le observo. Si no está muerto, muy poco le queda ya de vida. Empiezo a arremeter con mi pico contra su cuerpo y me deleito de un sabroso manjar. Demasiado huesudo para mi gusto, pero siempre suelen ser así los niños que se derrumban por la zona.

Termino el banquete, desprendo las alas y echo a volar. Me quiero alejar cuanto antes de aquel cadáver de niño hambriento. Al menos ya no sufre. Es ley de vida. Al fin y al cabo, todos somos animales…

¿Acaso debería haber sido yo el que sufriese por hambre, hasta que un ser con más ventaja se saciase conmigo?

Mattis A. Grabiel

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