Me enamoré de lo más bonito que tenía Londres

Anoche me quedé dormida con nuestro libro de poesías de la mano, justo en el último verso que te oí decir, a través de esos labios, mientras yo estaba escondida en una esquina de tu cama.

Llegados a este punto; que he visto Roma bajo mis pies y me he enamorado de sus calles, que puse en Pont Des Arts de París un candado sin nombres; que he tenido la posibilidad de perderme en Barcelona. Después de vivir a pie de calle cómo es Wall Street, la magnitud de Niagara Falls y la impresionante noche bostoniana. Después de todo eso, cada vez me queda más claro que el lugar más bonito del mundo es el hueco que deja tu espalda arqueada con el colchón cuando te arrancaba un orgasmo.

Y es que ahora me llaman la persona más triste de la ciudad, desde que perdí el derecho (y la suerte) de mirarte a los ojos en cada uno de ellos. Eso y la oportunidad de pasear contigo de la mano sin despegarme, como si viniéramos de serie.

Y ya sé que todo es cuestión de perspectiva, que puedes ver la luz como un faro o como un foco, o el mar como un camino o como un muro de separación. Es solo que sigo estando triste.

Me enamoré de lo más bonito que tenía Londres, sin ni siquiera haberlo visitado.  Tuve la suerte de que se enamoraran conmigo, para tener la historia de amor más idealizada del planeta. Ese tipo de relación en el que éramos el centro del mundo, todo giraba en torno a ti y a mí, y nadie sabía lo que era el amor de verdad, porque AMOR de verdad era lo que  teníamos, de ese que nadie nunca podrá entender.

Como dice Fátima, “la esperanza es lo último que se pierde, así que ten paciencia”. Sea como sea, a los que tenéis un amor descosido, no queréis ni oír su nombre y lo único que podéis decir de vuestra relación es un conjunto de palabras despectivas, os pido/animo/recomiendo que os toméis tiempo para coger una hoja y un bolígrafo para apuntar las cosas buenas de las que tenéis recuerdos y las cosas malas, para valorar todo con mejor claridad.

Y sólo os puedo dar el consejo de, muchas veces estaréis tan ahogados, tan hundidos y tan sinceramente tristes, que no veréis la salida a esa angustia que provoca tener eso en la cabeza durante 24 horas. Pero que el final del túnel se ve cuando te quitas ese peso de encima (hablo del rencor) y deseas de corazón que la otra persona sea feliz. Porque ¿eso buscábamos, no? Hacer a esa persona feliz (el “por ti sería capaz de todo”), no atarla con nosotros y obligarla a ser feliz con lo que la ofrecemos. Tampoco así podríamos ser felices nosotros.

Al fin y al cabo, esa persona te ha dedicado su tiempo, sus sentimientos y su cuerpo. Que son las cosas más valiosas que existen y ya por eso se merece todo el respeto del mundo.

Así que, tiempo, esperanza, paciencia, buen corazón, positividad, madurez y saber valorar. Contar la experiencia, no como un “me has jodido la vida” o con arrepentimiento, sino como un “qué feliz me hizo, se lo agradezco, hasta el momento ha sido la parte más bonita de mi vida”. Y es eso, sólo hasta el momento.

Cristina Hernanz

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