En comunión

Mis pies descalzos apenas tocan la tierra mientras corro por la selva. Los pasos amortiguados por las capas de hojas y detritos se confunden con los ruidos de los animales que se apartan de mi camino. Dejo en las ásperas raíces un rastro invisible de mi piel descamada. El sudor se continúa, indistinguible, con la humedad que lo impregna todo. Sigo corriendo y nada me alcanza.

El aire inunda mi cuerpo y se lleva parte de mi calor. Establezco, sin saberlo, un diálogo gaseoso con la vegetación que me rodea. Los árboles me ocultan en su sombra y el viento trae el rastro que persigo. Sé que cuando acabe mi caza tendrá lugar un intercambio. Mi presa será entonces parte de mí, y juntos seremos cada vez más parte de la selva, que se busca y se devora.

Nada puede alcanzarme si soy yo quien me busco. Soy la hoja en el extremo de la rama más alta de un árbol milenario. El tiempo pasa por el árbol, pero el árbol permanece. El tiempo erosiona la corteza desprendiendo animales inusitados y ríos de maleza, que morirán y serán sustituidos. Pero el árbol permanece y nada le quiebra.

Consciente de que soy un remolino de polvo levantado por la brisa, una rama llevada por la corriente del río, la fruta del árbol que cae y renace, una hoja en su errático viaje hasta el suelo, sigo corriendo y nada me alcanza. Porque estoy en comunión con ella. Porque soy un destello en la expresión de su grandeza.

Manuel García

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