Liberación entre teclas

Suena el despertador. Las siete y diez de la mañana. Lunes. Aún no he abierto los ojos y ya oigo el dulce sonido del taladro en la casa del vecino. Es otoño, pero el frío nunca ha sido mi mejor amigo; lo deduzco por las dos mantas y el pijama viejo con los calcetines por encima que llevo, de esos largos y
calentitos.
Entre los huecos de la persiana vislumbro algún rayo de sol y solo se escucha el trinar de los pájaros; es lo que tiene vivir a las afueras. Pasa el tiempo. Las siete y cuarto. En mi cabeza sé que debo levantarme, pero mi cuerpo no hace ningún esfuerzo por mover músculo alguno. Me quedo mirando de nuevo la
mancha del techo intentando adivinar por qué tiene forma de manzana. La procrastinación siempre ha sido mi debilidad.

Es hora de levantarme o llegaré tarde. Decido hacerlo rápido, para que duela menos, como cuando te depilas; pero un escalofrío me recorre la columna y pone todos y cada uno de los pelos de mi cuerpo de punta.
Las siete y media. Todavía estoy buscando la media naranja de mi calcetín azul a rayas. Los minutos se convierten en segundos y se me va el tiempo, como todo últimamente. Hago un esfuerzo por abrir bien los ojos y despertarme de una vez, pero me cuesta demasiado.

Por fin salgo de casa, pero sin la sonrisa puesta; estará haciéndole compañía a mi pobre calcetín. Veo a la gente pasar por mi lado, pero nadie dice nada. ¿Dónde quedaron aquellos tiempos en que la gente se daba los buenos días aunque no se conocieran? En lugar de eso caminan cabizbajos, pero no por
tristeza, sino porque están inmersos en cualquier conversación fútil de su
teléfono móvil.

Llego a clase y me llenan la cabeza de datos e información, aunque soy incapaz de prestar atención a nada hasta pasadas dos horas desde que me levanto. Es entonces cuando mi mente se activa, empiezan a girar los
engranajes, la imaginación vuela y los pensamientos se enredan, tengo miles de conversaciones conmigo misma al día. Llego a casa enciendo el ordenador y las teclas van solas, necesito despejarme, necesito sacar todos esos pensamientos que no me dejan funcionar, que saturan mi mente.

Escribir es mi única forma de liberación.

Davinia V.

La quinta pata del gato

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