Sinapsis

¿De quién será? ¿Cuánto llevará aquí? Ésas fueron las únicas dos preguntas que se me ocurrieron y, al no hallar respuesta, me metí el objeto en el bolsillo. Sentado. Sentado un buen rato. Sentado hasta que apareció una señora algo mayor y me levanté. Ya de pie, volví a fijarme cuánto tiempo le faltaba al bus. El panel indicaba 3 minutos. No sé cuantos llevaba, ni si estaba nervioso, pero me puse a caminar de un lado a otro en la parada. Esperando. No sé por qué no lo había hecho antes, pero, en ese momento, saqué el objeto de mi bolsillo y les pregunté a los ancianos sentados si les pertenecía a alguno de ellos. No.

No había casi gente en el bus, por lo que no me apresuré en absoluto al meter el metrobús ni tampoco al caminar hacia el fondo y sentarme en mi sitio favorito. Siempre junto a la ventanilla, mirando a la dirección opuesta del recorrido. No sé por qué.

Volví a pensar en mi problema: yo era demasiado inteligente. En serio, era mucho más inteligente que el promedio. Los tests no mienten. Nunca mienten. Me daba igual que mi psicólogo me indicara que quizás mi problema era pensar que soy más inteligente que los demás, pero no. Todos me odiaban porque era más inteligente.

A mí me daba igual.

Vi cómo entraba Martínez en el bus y, a pesar de que me intenté tapar la cara, me reconoció. No me saludó. Yo sí. Yo le saludé. Entonces él me saludó. Al principio simplemente agitamos las manos de un lado a otro, pero luego se sentó a mi lado. ¿Por qué se sentó a mi lado? No quería eso. Pero se sentó a mi lado. Se sentó a mi lado y me dio la mano. Le di la mano y luego la froté en mi pantalón. Me asusté porque pensé que me había equivocado de pantalones, pero no, pensé un poco y eran los correctos. Me empezó a hablar y a contar a dónde iba y a preguntarme a dónde iba yo y yo no quería hablar con él, pero me di cuenta de que debía hablarle.

El bus empezaba a llenarse.

Le mentí. Pero cambié de tema al instante. Hablé sobre un artículo muy interesante que había leído yo el día anterior pero no pareció entender nada. Yo era más inteligente que él, pero eso lo sabíamos ambos. Bueno, quizás él no, porque era mucho más tonto que yo. Pobre tonto. Pobre tonto. Me compadecí del pobre tonto. Pobre tonto.

– ¿Es tuyo?

– ¿Por qué iba a ser mío?

No le contesté. Me lo guardé de nuevo en el bolsillo y, sin despedirme, me bajé del autobús. La verdad es que no tenía ni idea de dónde estaba. Di un par de vueltas cortas, siempre en la misma acera, y vi a un gato negro. Bueno, no sé si contaba como gato negro, porque tenía las puntas de las patas de color blanco. Pero igualmente me toqué las rodillas.

¿Quién pierde un objeto así?

Sentado otra vez, pero esperando, otra vez. No había ancianas que me obligasen a levantarme. ¿Dónde estaba? Creo que nunca había pasado por ahí. Llevaba sólo unos minutos y ya odiaba ese sitio.

“No, estoy seguro de que el problema es simplemente que me odian porque lo soy”. Pero el tipo insiste. No sé si niega con la cabeza, porque desde el diván no veo sus movimientos, pero me dice: “Con una actitud mejor, quizás ellos lo verían como una virtud y no como una amenaza”.

Quizás era una amenaza.

No había lugar para mí en el bus. Ni siquiera mi sitio favorito. Pero no podía quedarme en el anterior con el tonto de Martínez. Pobre tonto. Pobre tonto. Me quedé de pie. Lo bueno era que, de pie, tenía asegurado no tener que moverme para dejar espacio a una anciana. No, me tuve que mover para dejar espacio a una madre y su carrito de bebé. Miré al bebé que no hacía nada. No lloraba. No reía. No jugaba. No hacía nada. Miraba. Sólo miraba todo lo que le rodeaba. Un bebé curioso. Quizás fuese a ser tan inteligente como yo cuando creciese. Saqué el objeto de mi bolsillo y se lo enseñé. Durante unos largos segundos, el bebé estuvo muy atento al objeto. ¡Por fin alguien inteligente! Le quise dar la mano, pero me di cuenta de que su madre llevaba mirándome un buen rato. Madre e hijo, que no hacían nada, sólo mirar. Mirones. Benditos mirones.

Me bajé otra vez del bus y caminé sin saber muy bien el rumbo. Todas las casas me parecían iguales, pero reconocí a algunos compañeros a lo lejos. Compañeros tontos. Pobres tontos. Mantuve la distancia y casi le piso la cola a un gato, un gato blanco. No me toqué las rodillas.

Los compañeros se metieron en una casa y yo me quedé lo suficientemente cerca como para escuchar la música y las risas y lo suficientemente lejos como para que ellos no me detectasen a mí. Todas las casas parecían iguales. Absolutamente todas. Una de ellas, a priori igual que las demás, pero tan distinta. Una casa de la que emergían música y risas. Había globos en esa casa. Eso también la diferenciaba de las demás. Los globos. Los globos de colores.

Metí la mano en el bolsillo y observé el objeto. ¡Qué objeto! ¿De quién será? Debía de pertenecer a otro genio. Alguien tan inteligente como yo, sin duda. Quizás más. Por eso encontré yo el objeto, y no lo encontró Martínez. Pobre tonto.

Bendito yo.

Volví sobre mis pasos hacia la parada de bus para seguir esperando sentado. Antes de subir al bus, coloqué el objeto debajo del asiento de la parada, para que otro genio lo encontrase.

Mi sitio favorito estaba libre.

Mattis G. de la Fuente

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