De princesas

Salió la princesa del cuento en el que los príncipes azules eran para toda la vida, la magia potagia se guardaba en frascos pequeños y comer perdices era el mejor de los finales. Salió forzada por el dolor, la desesperanza y la humillación sufrida por haberse equivocado de historia. Abandonó pues el cuento a través de las pesadas tapas que ya estaban cerradas, cegada por no saber moverse en un mundo que nunca había imaginado. Portaba sólo un bola de cristal que, ocasionalmente, le mostraba todo lo que ella quería saber. La bola, que tan en estima tenía a la princesa, dulcificaba las imágenes y las palabras para hacer su camino más llevadero. Pero un día, cansada de reflejar lo mismo, la bola quitó los filtros que mantenían con vida a la princesa y le desveló todo lo que nunca necesitó saber. Ese día, no pudo hablar, ni comer, ni respirar. Decidió, no sin mucho sacrificio, aliviar el apego que tenía a aquella bola y hacerla añicos en el primer muro que encontrase en su camino. Tras un incierto e insuficiente tiempo, la princesa seguía sin hablar, ni comer, ni respirar pero tropezó con las murallas más gruesas y altas que nunca había visto: “Bienvenidos a Nunca Jamás” Aturdida, confusa y amarrando el último resquicio de esperanza que le quedaba, la princesa entró allí, para nunca jamás salir.

Esther Barbero

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