Tras el vaho

“Mi vida es una herida de juventud dichosa. ¡Ay de quien no esté herido, de quien jamás se siente herido por la vida, ni en la vida reposa herido alegremente!”

Miguel Hernández

Nos gustan los gatos. Y los vídeos de bebés riendo. Y aquel vídeo en el que un perro aprendía a tocar el piano con su dueño. Nos gustan los vídeos de tartazos, de caídas, de aquella madre que tras 20 años se reencuentra con su hijo. Nos gusta, y está bien que nos guste. Nos gustan porque dentro de ese pequeño espacio de la realidad no nos sentimos vulnerables, y conseguimos obviar toda la injusticia a la que cada día le giramos la cara en el metro. Consiguen, con treinta segundos de total absurdo, encerrarnos en nuestra pequeña burbuja de cristal, que nuestro propio aliento empaña.

“El mundo, la gente, no está preparada para pensar en otra cosa que no sea ella misma” escuché hace poco, y sin embargo, vivimos rodeados, más bien conectados, a una realidad que escapa más allá de nuestra pequeña pantalla, que se expande a través de millones de kilómetros de cableado que nos vendan con fuerza los ojos, y consiguen cegarnos, encerrarnos, y no nos permiten sentir el latido chirriante del corazón al que nos asomamos por la caja tonta. No somos capaces de sentir la mirada perdida de aquel que sufre detrás de las cifras  de las que una voz gris nos habla por el altavoz del coche.

Y yo simplemente digo, por qué no somos valientes, y nos atrevemos a alzar la mano y limpiar el vaho, y dejar que nuestros ojos contemplen lo que se esconde tras el cristal, por qué no nos asomamos más allá de nuestra pequeña burbuja de seguridad, por qué no buscamos una respuesta a tanto odio, a tanta rabia. Fácil: porque nos da miedo.

Nos da miedo y nos sentimos culpables, no nos gusta implicarnos, no nos gusta sentir esa bola plomiza de vergüenza en el estómago. Preferimos el susurro de lo absurdo para poder dormir, preferirnos no mojarnos y mantener de esa forma intacta nuestra conciencia, no limpia, sino intacta, sin estrenar, como un metal muerto que cae, rotundo, sobre nuestro actuar. Sin posibilidad de mancha, sin descubrir la belleza de lo marchito, la belleza que se esconde en un grito, en un alarido de dolor, de un hombre que al mismo Dios implora, de una vida herida por la propia vida.

Si tan solo fuéramos capaces de someternos a ese pequeño espacio de vida y contemplarlo durante algo más que unos segundos, ni siquiera de cerca, sino tras la seguridad del cristal de nuestra burbuja, veríamos lo hermoso que es ser testigo del espectáculo de una vida que renace, que de la muerte escapa, y que trata siempre de ir adelante, conoceríamos lo más íntimo de nuestra naturaleza, nuestra más ínfima humanidad, nos reconoceríamos en cada uno de los millones de personas que cada día perecen con la esperanza de un nuevo amanecer, más tranquilo, más calmado, más humano.

E intento darle descanso a la almohada, (eterna confidente que cada noche se empapa de preguntas  que amartillan mi sien), no obstante, en vano. No puedo dejar de cuestionarme cómo es posible que  en muchas ocasiones, justo delante de nuestros ojos, la fuerza del corazón humano se ejemplifique y se haga carne, y ni siquiera seamos capaces de verla. Cómo somos capaces de despojarnos de lo único que es nuestro por naturaleza, nuestra humanidad, y cómo dejamos que mueran las voces que claman ayuda desde el fondo del vagón, convirtiéndose en ecos de una realidad que nos incomoda.

Cómo somos capaces de vivir de una manera superflua, desprovista de emoción, destetando a nuestros hijos de las enormes mamas del sufrimiento, y en última instancia, de la propia vida. Y qué estúpido resulta, porque es en esos momentos -cuando uno puede ver la crudeza de su sufrimiento-  cuando el dolor se torna en belleza, y somos capaces de contemplar el reflejo más exacto de la esencia humana. Y en su máximo esplendor, con el pecho hinchado de ponzoña, se abre paso entre las dificultades. Cómo la vida puede concentrarse en una imagen tan simple como un hombre en el metro, acariciando con angustia las cuerdas de su guitarra, mirando hacia la nada, como si hubiera perdido la total conexión con todos los hombres que le rodean, y estos no fueran más que espectros de una vida, una vida puta, que les ha hecho ser carne y cartón.

Y al final resulta que no estamos llenos más que de papeles de periódico arrugados, con los tejidos plastificados, y con las bocas cada vez más curvadas, y las espaldas cada vez más encogidas, como si nos llamara la tierra, como si aún vivos, nos llamara la muerte.

Irene Ramírez Toraño

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