Un ramo de flores muertas

No me dejabas volar si la pista de aterrizaje no era tu piel; no podía crear nada que no fuera un camino de rosas para cada uno de tus pasos; no podía ser nada que no fuera la sombra de tus logros. Debía seguir el ritmo de tus días, daba igual que mis pies se hundieran en el fango, que las palabras de advertencia se me hubieran enredado entre las piernas y no pudiera caminar. El escenario de mi vida no era más que el telonero de la tuya. Debía seguir avanzando al ritmo de tus pasos.
Me ahogaba en un mar de dudas, y regaba mis heridas y lloraba mis fracasos. Menos mal que cada noche tú me hundías en un mar de certezas, recordándome que todo era culpa mía. Menos mal que te tenía, que después de cada bala atravesándome el orgullo, tu reías, me arrancabas la bala de mis entrañas y volvías a disparar. Menos mal que tú estabas y que me dabas el derecho a respirar. Gracias por enseñarme a permanecer en silencio para que no pudieras utilizar mis propios sentimientos como arma, contra mí.

Me ahorré mucho dinero en espejos, gracias a ti; y muchas horas inútiles arreglándome. Qué más daba, hiciera lo que hiciese yo no iba a entrar en una sala y que hasta el aire se detuviera. Yo no tengo los ojos azules, ni las caderas estrechas. Tonta de mí por pensar algún día que mis piernas pudieran llevarme a alguna parte; menos mal que estabas tú para acoger mis escombros entre tus sábanas. Gracias por no dejarme mirarme nunca enfrente de un espejo para que no viera en lo que me había convertido; en lo que me habías convertido.

Nunca me regalaste flores, pero te ocupaste de que no me faltaran espinas. Y qué bien hacías en guardar los pétalos para alguien mejor que yo; al fin y al cabo, tan sólo era una estación de transbordo, un poco de calor, un motel en mitad de una autopista: que no se te ocurriría parar en él pero, en caso de necesidad, ahí te metías.

Lo mucho era poco y lo poco, no era nada. Y así con todo. Dejé de llorar, porque no te gustaba lo que pensaran los demás; no le sonreía a la vida, porque tenías miedo de que me vieran feliz y me apartaran de tu lado. Enterré mis sentimientos y, tras muchos meses, mi amor por ti. Desmembré de mala manera cada una de tus palabras y las oculté bajo tierra, para que nunca más les diera el sol, y nada volviera a crecer en esa tierra estéril. Le puse un par de flores muertas encima porque, algún día, entre palabra y palabra clavada en el orgullo, me hiciste feliz.

 

Belén Macía

www.primaveraaflordepiel.blogspot.com.es

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