A viva voz

La semana pasada, ante mi sorpresa y por primera vez en mi vida, me quedé afónica. Se trata de un fenómeno extraño y desnaturalizante: de pronto nos encontramos sin control alguno sobre nuestro instrumento más natural, convenciéndose nuestra mente de que al siguiente intento de hablar sus esfuerzos tendrán éxito. Nada más allá de la realidad: una y otra vez nos encontramos con una constante sensación de frustración al escuchar ese enrarecido tono fantasma (¡este susurro no es mi voz, esta no soy yo!) nacido de nuestra sufrida garganta, y no somos capaces de expresar lo más importante: nuestra opinión.
Para una persona acostumbrada a hablar en voz alta –muy alta-, pero tímida en muchas más ocasiones de las que debería a la hora de expresar mis verdaderos sentimientos, quedarme sin voz resultó una lección inesperada, pero sobre todo, me hizo ser consciente de lo importante que es tenerla. De pronto veo cosas que hago a menudo como formas de desagradecimiento y absurdez. Cada vez que callo por miedo a discrepar con los demás, estoy renunciando al privilegio de poder expresar en voz alta mis ideas y actitudes sobre asuntos importantes para mí. Cada vez que temo hablar en público, estoy renunciando al don que es poder crear cambios simultáneamente a varias personas, gracias a mis ideas.
¿Alguien te había dicho alguna vez lo fácil que parece mantener una conversación normal, y lo difícil que resulta reclamar con gestos la atención de todo un grupo de amigos para conseguir que durante medio minuto escuchen pacientemente, con rostros exasperados, tu pequeña aportación en voz baja y pausada? A mí nadie me había explicado nunca que cuando el precio por opinar requiere tantos recursos, terminas recortando cada vez más las palabras, e incluso dejas que la conversación continúe porque “bueno, al fin y al cabo, lo que quería decir no era tan importante”.
Si ahora mismo intentaras guardar silencio completo durante los próximos cinco minutos, te aseguro que si sonara en la radio tu canción favorita te sería increíblemente difícil retener el impulso de gritar. Sería frustrante no poder decir: “perdone, ¿podría dejarme pasar?”, a la persona que te está bloqueando el paso por la calle porque no sabe que te encuentras detrás de ella.
La voz es aquella parte invisible de nosotros que hace que los demás puedan vernos –y es así, cómo el hecho de no ser escuchados hace, a la vez, que no podamos ser realmente vistos-. Gracias a ella podemos hacer que los demás viajen a esa parte intangible que son nuestros pensamientos y nuestros sentimientos, a la vez que podemos viajar al reino de los demás, para preguntarles por sus sueños y esperanzas. La voz es el pasaporte de la vida y con ella afirmamos nuestro lugar en el mundo y creamos cambio en él. Esconderla o no alzarla ante una injusticia o no usarla cuando una palabra nuestra podría mejorar el día de alguien, son pequeños crímenes que matan a esta valiosa parte invisible; aunque sólo seamos conscientes de su magnitud cuando se nos arrebata en contra de nuestra voluntad.

Cristina Muñoz Maho

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s