Frío como el viento

Quería preguntarte algo, pero se me ha olvidado por el camino. Así que ahora lo mejor será dar media vuelta, y volver por donde he venido. ¿Quién sabe? Quizás, así, recupere el pensamiento que deje, esa pregunta que probablemente fuera una tontería, pero que ahora está maldita eternamente a quedar sin respuesta. Es curioso, ¿verdad? Como a quien se le cae un pañuelo, o un papel al suelo. Mi pregunta cayó de mi cabeza sin que pudiera darme cuenta y, como nadie caminaba detrás de mí, no había forma de recuperarla.

Sé que probablemente pienses que es una tontería venir y decirte esto. Venir y decirte que te quería decir algo, y, en realidad, no estar diciendo nada. No es que esté nervioso, créeme, en absoluto. Me fastidia haber olvidado la pregunta y venir sin nada, sí, pero no me da miedo el silencio. Creo que los silencios están subestimados. A la gente le aterrorizan los silencios. ¿No te has fijado? En cuanto dos personas se quedan sin tema de conversación, empiezan los temblores. Se rasca de dónde no hay, se ponen en libertad comentarios innecesarios y al final, todo se vuelve como más… forzado. Como menos interesante. ¿No crees? Es como si el silencio fuera aquel viento frío que sopla desde el otro lado de la calle, justo en la dirección opuesta a la que sigues. Ese viento que te congela y te hace desear que se acabe ya ese trecho, que te hace anhelar el bendito momento en el que dobles en la esquina y ya no te golpee con sus afiladas zarpas ese viento del demonio. Así de tensa se pone la gente con el silencio, como con el viento…

Yo pienso que los silencios, si se saben aprovechar, pueden ser mucho más útiles que las palabras. No hay nada malo en la calma. No tiene por qué haber palabras para que haya comunicación. De hecho, un hombre me dijo una vez un consejo: “Si tus palabras no valen más que el silencio, no las sueltes”. Yo creo que deberíamos aprender de eso. De hecho… no sé por qué hablo tanto sobre el silencio. Probablemente hubiera sido mejor simplemente plantarme ante ti y mirarte sin decir nada. Si tú tampoco le tenías miedo al silencio, esa hubiera sido una gran opción. Me hubiese ahorrado todas estas explicaciones, que sé que piensas que son tonterías, y lo son, o no, no lo sé, pero no valen más que el silencio. Eso seguro.

Por eso, insisto, de verdad, en que lo mejor será que me de la vuelta y me vaya. Y, si no vuelve a mí la pregunta que tenía, ya hablaremos en otro momento. O no, quién sabe. Pero ahora… me voy. Mejor. Tu silencio… me está dejando todo claro como el agua. Pero me gusta. Me gusta de verdad tu silencio. Espero poder volver a compartirlo algún día contigo. Y tú podrás compartir mi silencio también.

¿No vas a decir nada? Vale… entonces… mejor me callo.

Mattis G. de la Fuente

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