Respira

Enfrentarte a tus fantasmas siempre cuesta, y aún más si son de los que te roen los huesos y te reducen a un minúsculo saco de piel. Enfrentarte a tus miedos, a tus inseguridades, crecerte ante las dificultades, siempre resulta complicado. Y aún más si no es tu boca la que cosen con un silencio absoluto, si no son tus manos las que se quiebran con cada movimiento, si no es tu voz la que se reduce a un tímido susurro que se funde en el silencio, sino de una pequeña maravilla que encontré un día entre tardes de sol, juegos y risas.

Esta es una historia de mentiras y dolor, una historia de un pequeño reflejo de Dios que un día decidió dejar que sus complejos lo enturbiaran. Una historia de un cuerpo encerrado en una jaula de cristal opaco, de un alma errante, pidiendo a golpes de  silencio un pequeño resquicio de amor al que aferrarse. Aún no consigo comprender por qué este pequeño rayo de luz dejó que palabras tan feas como anorexia, control de peso… mancharan su más pura esencia.

Todo comenzaba cada mañana, puntual, cuando ella se desmenuzaba en el espejo, y podía leer en sus ojos la repulsión que sentía ante la figura que se dibujaba en el espejo. Podía saborear el nauseabundo olor del odio que desprendía hacia sí misma y hacia esa maldita figura que la imitaba proyectada en el vidrio.

Esta historia no tiene un principio, y desgraciadamente, tampoco tiene un final. Es una historia continua, más frecuente de lo que parece, y desgarradoramente real. Una historia de superación y lucha, una historia que pude sentir en mi propia piel, como si fuera la mía y no la suya la que iba cayendo- como derritiéndose- con cada gramo que se esfumaba de su cuerpo.

Siempre fue una mujer fuerte, entusiasta, con una increíble capacidad para contagiar de su emoción a cualquiera que entrara mínimamente en contacto con la vivaz atmósfera que orbitaba alrededor de su cuerpo. Aún no consigo comprender en que momento dejó de brillar su voz al habla. No puedo recordar el momento en el que su miedo cubrió enteramente esa atmósfera y sus complejos se convirtieron en un gigantesco agujero negro que arrasaron con todo sobre lo que ella se había construido.

Hace tiempo que dejé de buscar una razón a ese castigo que ella misma se impuso, de manera tan injusta, tan totalitaria, tan irrevocable…Quizás sea porque me haya cansado de buscar una explicación a algo que sé que jamás podré comprender. Puede que sea porque no puedo entender esta vida sin quererse, sin elevar a lo primero y único que tenemos desde el principio y hasta el final de nuestros días: nosotros mismos. Durante mucho tiempo me culpé, y la impotencia que cubría mis horas me alejaba de ella, tanto que se erigió un muro frío, de cemento duro, entre nosotras dos, y no podía soportar el peso de ese muro cuando trataba de sostener su mirada durante algo más de dos segundos.

Siempre he creído que gran parte de lo que soy, lo soy gracias a lo que aprendí de ella.  Puede que por eso me doliera tanto sentir la levedad de su cuerpo cuando la abrazaba, porque sentía que, en cierto modo, junto con sus ganas de comer y de vivir, una parte de mí también se deshacía como una figura en la niebla. Y cada día era testigo de cómo su ropa se holgaba, y lo que antes lo llenaba la carne, ahora lo llenaba el vacío. Un vacío que enterraba su entusiasmo, su pasión, y justo a su lado, mi frustración, mis ganas de que volviera a esbozar una sonrisa sincera, a que recuperara la forma su rostro afilado por la cuchilla del hambre.

Muchas fueron las horas que murieron en su casa aquel verano en el que decidió esconderse del mundo y de sus problemas. Podría parecer una cobarde, pero he de decir que, paradójicamente, siempre ha sido ella la que me ha impulsado a seguir adelante. Ha sido ella la que ha hecho de mí una mujer valiente, y puede que esa valentía naciera justamente de la cobardía de su (casi) anorexia. Porque por una vez, me tocó a mí ser la valiente de las dos y mantener vivas las ganas de avanzar.  Por una vez, tuve la oportunidad de emplear toda la pasión y la fuerza que ella me había ido regalando diariamente. Y no me importó. No me importó en absoluto porque lo hacía por ella, por lo más grande que tengo y que sé que tendré de por vida.

Siempre he sido una mente inquieta, soy incapaz de mantener la calma durante algo más de un instante, y por eso mismo me empeñé ciegamente en tratar de traspasar esa maldita grieta que se había abierto entre las dos, a toda costa. Me negaba a perder aquello  que había conseguido hacerme sentir que de mí podía nacer algo grande, que me había hecho creer en la magia, que me había enseñado a ver el lado bueno de las cosas.

Descartada la posibilidad de abandonar, traté de zambullirme en su dolor; traté de buscar la ponzoña que contagiaba sus pensamientos y la enfermaba. Y tan sólo encontré gritos de auxilio en los ecos del silencio. Tuve que aprender a ver a ciegas, a escuchar la voz de aquello que el tiempo enmudeció, a leer en sus ojos el rastro de una tristeza vaga que se arrastraba- como un sucio reptil- por toda su casa. Aprendí a acercarme a ella, a saber ver en las palabras que en ocasiones escupía con repulsión sobre mí, el reflejo de una persona asustada, de una hermana, quizás no de sangre, pero sí de alma. Y resistí. Y ella resistió conmigo.

Y un buen día, cuando el sol comenzaba a dejar de brillar con tanta fuerza, y el suelo comenzaba a humedecerse con más frecuencia, dejó atrás toda la coraza nerviosa que la había aprisionado durante casi un año. Rompió la tela maldita de sus complejos y sencillamente, respiró. Y yo respiré con ella.

Irene Ramírez Toraño

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