Todo es mentira

«Sólo hay dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana», decía Albert Eintein. «Y no estoy tan seguro de la primera», añadía después. Y la ignorancia es felicidad. Y como nos pasamos la vida buscando la felicidad, la ignorancia es un bien codiciado.

En tal ignorancia me hallaba yo sumergido, viendo un documental de estos yanquis de cómo se fabrican las cosas, entrecerrando las pestañas a duras penas, cuando escucho que las zanahorias no son naranjas. ¿Cómo?, ¿qué?, y me despierto de sopetón para poner todos mis sentidos en aquel documental. Resulta que las zanahorias son púrpuras, blancas, amarillas e incluso negras, pero que el color naranja viene de un cruce deliberado perpetrado por los amigos holandeses para que tuvieran el color nacional, el de su casa real. A tomar por cleta la biciculo.

Y dirán ustedes que qué más me da a mí el color de una hortaliza. Y me da lo mismo, pero coño, si las zanahorias no son naranjas, ¿qué más desconocemos? Y no hay que irse muy lejos para seguir desmintiendo mitos. Entre otros, lo de que las zanahorias son buenas para la vista -que tanto te repetía tu madre- es otro bulo que perdura desde la Segunda Guerra Mundial. Y hoy no voy a entrar en conspiraciones mundiales como la del hombre pisando la luna en el 69 con una nave con menos tecnología que mi móvil; o lo de que Obama vio morir a Osama con sus propios ojos y habremos de dar fe a su omnipotente palabra.

No; hoy les hablo de mercadotecnia, o marketing, si lo prefieren. Detalles como masterizar a más volumen los anuncios publicitarios para que suenen más alto que la serie de turno, llamar a las Lay’s «Artesanais» con una tipografía en la que parece que pone «Artesanas» o pintar las zanahorias de naranja para vender la «Marca Holanda». O tirar frutas y verduras porque están «feas» o no son una fotocopia perfecta las unas de las otras. Yo tengo un par de matas de tomates y les aseguro que no todos salen como los que ponen al lado del Big Mac en la tele, pero saben a tomate. Y está probado que si a usted le ponen naranjas abolladas en la frutería o supermercado de turno, pasará de ellas como si le fueran a transmitir enfermedades, porque no son bonitas, redondas y perfectas. Oiga, ¿se imagina que todos naciéramos guapos y rosados como un niño de anuncio de pañales? ¿No le parecería raro? Pues las pobres naranjas son discriminadas por su aspecto.

Y los humanos también, para qué engañarnos. Los modelos tienen que ser modelos. Y ya no basta con estar bueno o buena, hay que aplicar además cuatro capas de maquillaje y otras tantas de Photoshop. Total, que uno se ve en el espejo como la pobre naranja abollada que nadie quiere, y acaba por gastarse el dinero en ponerse capas para estar en el mercado. A pocos les importa si tú sabes a naranja de verdad o por dentro eres aguachirle ácido de zumo.

Todo es una gran mentira. Un gran escaparate que ofrece scarletsjohanssons bradpitts y además te vende los productos para serlo. Pues miren, déjenme ser el tomate feo desproporcionado y con imperfecciones que soy. Al final, cuando me prueban, estoy más bueno que los del supermercado.

Johan Cladheart

www.johancladheart.com

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