Rosa y gris

Dicen que todos nos identificamos con un color. Yo, durante varios años de mi vida fui rosa.

Rosa. Como el algodón de azúcar, el helado de fresa, las flores silvestres, las cartitas perfumadas, el colorete, la ropita de bebé y los flamencos. Rosa como la vida en París, o como los segundos en los que transcurre un beso. Era rosa, como el pintalabios que gastaba mi madre, y como mi primera sombra de ojos. Tan rosa que contagiaba a todo aquél que me rodeaba, tanto como se contagia la gripe o los piojos entre niños. Tanto como se contagia la risa o la compasión.

Cuando era pequeña, durante aquellos años rosas, me gustaba pintar. Dibujar no especialmente, pero pintar sí. Me gustaba colorear con ceras Manley y con Plastidecors. Los lápices Alpino me daban dentera, y las acuarelas provocaban desastres no-naturales en mi ropa. Podía pasar horas y horas mezclando colores. Amarillo con rojo daba naranja, verde con azul, verde agua. Azul con amarillo, verde. Negro con blanco, gris. Las mezclas básicas las controlaba bastante bien. Era divertido ver cómo se transformaban los tonos, cómo iban cambiando conforme iba dándole más fuerte al segundo color.

Rosa. Y gris. Nunca me dio por intentar esa mezcla, no sé por qué.

Los años me hicieron aparcar las pinturas y olvidarme de las mezclas. Me adiestraron para diseñar una vida de adulta y partir de nunca jamás. “Los mayores no pintan, hacen cosas de mayores”. Ahora que lo pienso, creo que los mayores nunca me gustaron, siempre creí que no tenían mucha idea de la vida por mucho que alardearan de lo contrario. Pensaba que tal vez, su idea de la vida se había difuminado al crecer, pensaba que, tal vez, sus “cosas de mayores” habían matado al niño que llevaban dentro, lo habían desterrado al país de siempre jamás, lo habían hecho desaparecer junto con las pinturas y los sueños.

“Rodéate de calculadoras y ordenadores, que ahí está el futuro”.

Y yo, que siempre he sido de las obedientes, hice caso. “Ya no mezclaré colores, lo prometo”. Prometí tirar los materiales y archivar los garabatos con rotuladores. Prometí ir con cuidado por los límites del portaminas y no cruzar la frontera que dividía lo real de lo imaginario. Prometí crecer, ceñirme a lo práctico. Los colores me seguirían acompañando, pero no los tendría como eje de mi universo. Ese era el trato con el mundo adulto: usar lápices grises, dejar de ser tan rosa, desteñirme el alma.

Y así, desteñida, crecí. Vestía siempre con un chaleco reflectante que indicaba que era mejor irse de mi lado cuando se estaba a tiempo, y debajo de él, uno antibalas, por si alguien osaba ignorar las señales y me rompía por dentro. Besaba sombras de los colores que había conocido. Apartaba la creatividad y el color rosa, alejaba el amor.

Y crecía sin crecer.

Pero siempre hay un punto de rotura, un momento que supone el cierre de un ciclo, una situación que quiebra la rutina y la estabilidad. Cuando una burbuja se rompe, cuando un globo estalla, cuando una piedra cae al suelo, cuando una pecera se hace añicos y el agua sale a borbotones. Como cuando intentas concentrarte con música rock de fondo o tratas de andar con tacones sin hacer ruido en una biblioteca. Inevitable, imparable, irreversible. Como cuando sabes que va a llover, y tú, sin paraguas.

Así le conocí, sin tregua, sin darme tiempo a ponerme el armadura.

Fue el día de la gran tormenta de colores. No sabía que la lluvia podía ser rosa también hasta que le vi bajo su paraguas mirándome. Todo volvió a resurgir como cuando renace la primavera. Recuperé mi color por unos instantes eternos, vi mi vida junto a él en diapositivas, esquematizada, pintada con permanentes, cargada de purpurina y copos de nieve. Era un amor irreversible, una fuerza sobrenatural que me llevaba a perder…tal vez, sólo me llevara a perder. Era inevitable: una vuelta al rosa como nunca antes se había visto.

Los días transcurrían bajo un sentimiento de fortaleza y victoria, a sabiendas que al fin, había encontrado el amor. Fueron tardes cortas y noches largas. Fueron las mejores letras que escribí: Era como cocinar usando sólo los mejores productos. Yo empezaba a crecer, a ver a través del amor y de los problemas. Crecía conforme me enamoraba, y el color rosa volvía a invadir mi cerebro. Empecé a llevar vestidos, tirando a la basura los chalecos.

Pero me daba cuenta de algo que dolía: Yo crecía en la misma medida que él decrecía.

De la misma forma que mi color se volvía a adaptar al rosa chillón, el suyo era cada vez más gris. El tono variaba según el día: algunos era gris perla, y era precioso ese sentimiento que transmitía de melancolía romántica; pero en cambio, otros días era gris oscuro casi negro, era un gris marengo que amenazaba lluvia. Y no precisamente rosa.

Le empecé a ver si su capa de superhéroe, y abrí los ojos ante su verdadera identidad: El hombre gris.

Tenía tanto gris que apagaba mi rosa.

Mi sonrisa variaba junto con su cambio de tonalidad, junto con su cambio de humor.

Pero nunca me gustó rendirme pronto, así que ideé un plan: Cogí mil botes de pintura rosa. Nunca había probado a mezclar el rosa con el gris, pero estaba dispuesta a intentarlo. Me dejé las ganas y la piel en pintar como cuando era pequeña, apretando fuerte, buscando que el color se transformara.

Hice varias pruebas en un papel en sucio y luego pasé a la acción: capa tras capa, brochazo tras brochazo.

Rosa más gris. Qué tontería.

¿Quién en su sano juicio habría mezclado esos colores? Era imposible que la mezcla quedara bonita. El rosa se apagaba mientras que el gris ganaba vida.

¿Es justo que el gris cobre vida a costa del rosa?

No. Un eterno no. Eterno como los primeros instantes de victoria, eterno como el primer beso. Eterno como su egoísmo grisáceo y mis sentimientos placados. Eternos como sus “a medias” y mis “todos”.

Cogí las pinturas de nuevo y me fui. Decidí dejarle con su gris llevándome toda mi parte de rosa. A otra parte, muy lejos. Tan lejos como mi sonrisa perdida me lo permitiese, tan lejos como sus te quieros grises me dejaran.

Diseñé un hueco en mi imaginación y metí dentro todos sus recuerdos junto con los restos de aguarrás.

Diseñé una nueva tormenta de colores.

Y sonreí.

Mamen Gómez

La chica de los jueves

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