Tal y como fuimos

Solo iba de pasada cuando decidió probar a quedarse, rápidamente se hizo un hueco y creyó estar en el sitio correcto en el momento correcto. Y lo estaba. Fue demasiado sencillo, quizás no le ofrecía muchas comodidades pero si los suficientes argumentos como para seguir girando toda una vida.

Ella solía contar que fue un auténtico huracán que le revolucionó por completo, desmontó la fuerte coraza que creía que tenía y alimentó su deseo de sentir adrenalina. Disfrutaron como locos del bucle en el que estaban metidos y en cada vuelta creían que se comerían juntos el mundo.

Quizás fue ese el principal problema, pensaban que la palabra juntos era fácil de pronunciar e ignoraban que implicaba estar cerca.

Fue perdiendo velocidad y de repente paró. Decidió irse sin preguntar dónde estaba la salida menos dolorosa. Destrozó todo lo que habían construido con tanto esmero, una auténtica bola de demolición que tumbó paredes, derribó puertas, hizo añicos cristales que ya eran débiles e hizo cenizas las llamas que ardían. Las secuelas fueron peores que cualquier estrago anterior y se llevó todo con él aunque dejó rastros para que jamás se olvidara de que había estado ahí.

Cada cierto tiempo, más del que esperaba y menos del que quería, se encargaba de recordarle su existencia, consiguiendo desestabilizar la de ella.

Le dejó con lo puesto, una maleta llena de nuevas experiencias y unos ojos vacíos y tristes de no mirar igual. No le exigió nada y se permitió el lujo de llevarse cosas que no quiso devolver, “lo mío suyo y el resto de ambos”, se acostumbró a decir. Se llevó canciones que no ha vuelto a escuchar, atardeceres y sitios que sin él dejaron de tener encanto.

Le enseñó a vivir de una forma que hizo que creyese no haber vivido antes de que el apareciera. A mirar más allá, a hablar con más firmeza, con argumentos. Empezó a vivir a su manera, se acostumbró a actuar a base de impulsos y a aspirar alto, sin miedos.

Se empeñaba en demostrarle que era sublime, que pocas cosas le devolvían a la calma si no tenían que ver con él, que los días sin él eran aburridos y que si no estaba a su lado ella no podía ser ella. Quizás mitad de la culpa fue suya por eso de que a veces le pillamos gusto al dolor.

No quiso huir, el ojo del huracán le ofrecía más que cualquier cielo en calma. Se hizo adicta al vértigo, al miedo de perderle siempre que lo encontraba, a las curas para sus males y a un tira y afloja que parecía no tener fin.

Juraría que hasta entonces nunca había conocido a nadie como él y hoy en día ella sigue teniendo la certeza de que “como él sigue sin haber dos”.

María Santé Rubio

www.talycomofuimos.wordpress.com

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