Semáforo en ambar

Nada está al 100% bajo nuestro control, siempre hay una pequeña pizquita de azar, de suerte o de destino que juega a veces a nuestro favor y otras en nuestra contra, pero siempre están ahí y se deja notar para demostrarnos que aunque queramos controlarlo todo y manejar una situación, no podemos.

¿Hablamos de límites? ¿Cuál es el grano de sal que marca la diferencia entre una comida salada y una normal? ¿Y la gota que colma el vaso? ¿Qué determina que un gajo de mandarina tenga pepita y otro no? ¿Cuál es el matiz que define que este es un amarillo plátano y ese un amarillo canario? ¿Cuál es el segundo que diferencia el aguantar la respiración bajo el agua y cuál el que avisa de que nos falta el aire?

Necesitamos medidas que medien, nunca mejor dicho, que nos regulen y nos permitan tener segundas oportunidades, por eso existe el color ámbar en los semáforos o el embrague en los coches, porque no estamos acostumbrados a pasar de un extremo a otro de forma brusca, necesitamos una transición, un tiempo de reflexión, aunque sólo sean segundos, para poder decidir si seguir hacia delante o parar y detenernos a pensar mejor las cosas.

Aunque nos esforcemos, no podemos hacer dos veces algo de la misma manera, pero yo me alegro, porque eso nos empujaría a las manos de lo lineal, de lo previsible y gris… No existen dos círculos iguales, así como nunca echamos la misma cantidad de azúcar en los postres, ni aprovechamos un minuto de la misma manera que otro. No existe un sentimiento de felicidad universal ni tampoco dos sueños iguales, y, si por algún casual los hay, ya que siempre hay excepción en toda regla, no trasmitirán una misma sensación ya sea por intensidad, duración o por influencia de otros factores externos.

Dos personas no lloran de la misma manera por una misma sensación, como tampoco conseguimos que algo visto por dos personas, sea interpretado de la misma forma.

Luego están las causalidades, que en mi opinión son la excepción a toda regla (incluida la de Murphy) que nombraba un poco más arriba, a mi me dan la vida, porque hacen que por ejemplo, dos personas coincidamos en un mismo tranvía, una misma mañana detrás de otra, sin conocernos y sin premeditación (al menos al principio), y, permite que acabemos siendo desconocidos – conocidos, rostros familiares de 30 minutos de viaje que día tras día, semana tras semana, te permiten organizar otros aspectos de tu vida y saber, por ejemplo, que no vas a llegar tarde a clase aunque te hayas dejado el reloj, porque esa otra persona, que por edad intuyes que también va a la Universidad, que por horario piensas que entra como tú a las ocho, que por constancia imaginas que ese es su horario de lunes a viernes al igual que el tuyo… esa otra persona, insisto, está en tu mismo tranvía, como los demás días y ya es un nuevo elemento de tu vida, que te da tranquilidad y seguridad… que no sabes su nombre, es cierto, pero si sí tiene un examen o no y como lo lleva por la mímica de su rostro, que le encanta llevar esos zapatos de cordones, da igual con bermudas que con tejanos y que se muestra ausente en ese tranvía lleno de gente pero vacío de conversaciones.

Casualidades, azar, destino, control, libertad, espontaneidad… al igual que en los exámenes donde existe una opción E, que casi siempre es la buena y  anula a las otras cuatro opciones pero que a la vez las engloba, ya que determina que todas las anteriores son verdaderas, en la vida las contradicciones son una corriente de moda; los opuestos se atraen pero los iguales también, llevamos gafas de sol en los días de tormenta, los colores se entremezclan en las distintas percepciones de las diferentes personas, lo que a mí me sabe hiperdulce para ti necesita una cucharada de azúcar más…

…Y, es que después de todo, ante un semáforo en ámbar todos hemos decidido algunas veces parar y otras seguir, la vida es así, la vida son instantes, en los que  a veces piensas para decidir y otras decides no pensar…

 

Úrsula Ródenas

www.elrincondelosmomentoss.wordpress.com

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