Canción breve del miedo a la ceniza

A veces creo que cambiar el mundo es locura, no justicia Sancho. Veo las sonrisas de piraña, miradas cómplices entre tiburones trajeados con despacho. La hipocresía ardiendo en sus pupilas, la avaricia dando cuenta de su fuerte arraigue en lo más hondo del corazón. Se agarran a un papel o una bandera para legitimar el desamor y la violencia, dominan sobre un ejército de maniquís de plástico, que se intercambian al peso. Es desconciencia, dolor y basura. No dejan sentido a la vida con el automatismo frenético, robótico e inhumano que sólo conduce al agobio de la inexistencia. Absorben hasta la última gota de alma señalando el camino a la felicidad a través de un refresco, adorando en público al poderoso caballero mientras profesan escondidos la fe al poder. No hay cuchillo más carnívoro. El mundo resulta un fantasma moribundo, deprimente y grotesco que yace inmóvil y agónico.

Yo quiero ver recta la línea del horizonte, oír cantar que durante un tiempo fuimos eternos, quiero sentir la vida acariciarte en las mejillas mientras sientes el movimiento elíptico de los planetas. Eso es el fuego, el niño y la paz. La eternidad en un instante y el infinito que encierra Agnes, bruja e inmortal. La mirada eléctrica y desafiantemente cariñosa con la que te despierta el Sol en verano. Es el continuo espacio-tiempo ahogándose en unas notas de Dvorak. El vuelo alegre, nuestro vuelo alegre e imparable. Es comprender por qué el cielo es azul y el fuego quema. Quiero que no me duela mi hogar, ver el trabajo y el esfuerzo recompensados con la vida del Universo. Quiero ver al niño artista y curioso, un principito, en cada miembro de esta casa, valiente despertar del plástico. Es la vida del mundo, el fuego y la luz brillando como una estrella en un momento eterno antes de morir. Y si el mosquito inextinguible se extiende más y más, luchemos entonces por enseñar al hombre a concentrarse sobre los momentos de una vida, que sólo es también, en sí misma, un momento. Cantemos entonces porque no podemos ni queremos dejar que la canción se haga ceniza.

Víctor Navarro Fernández

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