Cuando te alejas

25 marzo 2015

Hoy caminas frente a mí sin saber que te observo desde atrás. Tus caderas se contonean torturándome en mi honda oscuridad. Me resultas irresistible. Ojalá me fueran invisibles tus armas de musa, ojalá no tuviera estas correas apretando mi corazón desbocado. Te agitas el pelo con una mano creyendo que nadie te observa, y tus rizos rubios caen como una cascada por tu espalda arqueada. Qué pequeña presumida tan encantadora. Mientras, yo me derrito tras mi máscara, deseando que esas veces en las que consigo el valor suficiente para mirarte a los ojos no reconozcas la chispa que hay tras mi antifaz, que no encuentres el temblor en mis labios ni la prisa en mis pulmones, que no desnudes mi secreto cautivo, matando tal vez lo mejor de mí.

Si en algún momento me pidieses que te mirase de verdad, te advertiría de que no es lo que deseas. Si insistieses, te sacaría de clase y te apoyaría sin forzarte en una de las columnas que separan los ventanales por los que entra el sol. Me podría frente a ti y recorrería tus costillas hacia arriba con mis pulgares, con las dos manos sobre tus costados. Levantaría mi mano unos segundos a la altura de tu cara sin tocarte, contemplándote. Luego probaría muy suave la piel de tu mejilla. Pondría todos los dedos de mi mano sobre tus delicados labios y los acariciaría como a un animal salvaje, con la mirada clavada en ellos. Después enredaría mi dedo índice en uno de tus mechones dorados y me lo llevaría a los labios para sentir su tacto. Por ultimo levantaría la mirada, me perdería un rato en el verde de tus ojos y pondría mi mano en tu mandíbula, con el pulgar sobre tu mejilla y entonces te besaría lento. Deslizaría mis dedos de tus labios a tu abdomen pasando por tu pecho a la vez que giro mi cuerpo para marcharme. Y solo silencio, silencio, silencio.

Ahora me sorprendo en la ducha con la mirada perdida. Apretándome los labios con las yemas de los dedos, siento el dolor de ese beso que no existe. A veces te imagino conmigo, mientras tu mano dibuja una garra en el cristal y nuestras sombras se dilatan en el vapor. Mi mano aprieta tu pelo en la nuca, arqueando tu espalda. Mientras, con los ojos cerrados tu boca entreabierta se alza hacia el techo.
Lo que quiero es que seas mía, mi musa entregada al vaivén.
Quiero que te encuentres pensando en mí en secreto, que desees mis labios y se te escape una mirada al dibujo de mi boca mientras me hables. Que nos encontremos en el silencio, y hablemos solo con la mirada y las manos, donde nadie sepa que estamos. Consolar la curva de tu cintura. Coger tus manos y besar cada uno de tus dedos, muy lento. Recorrer tus labios con mi pulgar, ardiendo en el aire que exhalas. Y al final morir, contigo clavándome esa mirada desnuda, mientras me desangro sobre tu piel.

Razones de la piel

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