Donde las amapolas deliran

La noche ardiente guardaba
el momento apasionado,
de testigo las estrellas,
junto al río nos besamos.

Observé tu níveo rostro
y tus ojos de esmeralda;
junto a la luz de la luna,
tu áureo cabello nielaba.

Palpé tu cálida mano,
tu mano palpó mi cara,
sentí, ardoroso, tu roce…
¡Ojalá el tiempo parara!

La luna se engalanó
con sus mejores alhajas
para observar la pasión
que fundió nuestras dos almas.

Cuando en el cielo volaba
caí directo al infierno
y se despertó mi mente…
¡Todo había sido un sueño!

Cristina Muñoz Sánchez

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