Collares, pulseras, baratos

Hijo de África y del ébano, su piel es brillante y áspera, como su tierra. Está sudando. Está sudando muchísimo, pero debe terminar el recorrido y parece que sus pies avanzan sin su ayuda siguiendo la ruta. Será porque se ha cosido los sueños rotos a las suelas de los zapatos, y ya pueden caminar solos, porque su alma, tirada por la borda de una patera, la ha hecho presa el mar.

“Collares, pulsera, baratos”. Su boca está seca, como su latir, y no es capaz de deshilachar nada de lo que siente en palabras. Sigue avanzando. “Collares, pulseras, barato” Diez kilos a su espalda, dos a cada mano. “Collares, pulseras, barato” Pantalones largos, grises, ligeros, para echar a correr si le persiguen unos hombres uniformados. “Collares, pulsera, barato”  Los zapatos, bien anudados, los cordones, algo roídos. Su cuerpo, tremendamente cansado…tremendamente cansado… “Collares, pulseras, barato”.

Y yo le observo venir, desde la lejanía, como una fuerza salvaje, como un león enjaulado, y mientras me acaricio mis pies suaves, tan solo manchados por lo caprichoso de la arena, me pregunto ¿por qué él así y yo…y yo aquí?

Son tantas las horas trabajadas, tantos los kilómetros recorridos, tantas las baratijas vendidas a señoras que en su horrible panza aglutinan la codicia, que sus ojos gritan, pero nadie escucha. Parlotean, parlotean, parlotean y no oyen el cantar duro, denso, profundo, retratado en su mirada. Tan solo perciben una voz ronca de fondo que les dice “Collares, pulseras, barato”. ¿Es que no ven la sombra desdibujada de un alma exhausta? ¿No la sienten caminando entre sus chanclas? ¿A caso nadie escucha el rugir de sus entrañas, no solo de hambre, sino también de rabia?

Tantos son los hombres y los sueños que se ha tragado el mar…tantas las vidas aún tiernas que la sal ha endurecido…tantos los lamentos de sirenas que han perdido su voz de tanto gritar… que sigo preguntándome cuando lo siento pasar a mi lado y ofrecerme su humilde mercancía, ¿por qué él así y yo… y yo aquí? Se pierde su figura entre la multitud. Pero dentro de mí, sigo oyendo su voz una y otra vez, siguen clamando sus ojos. Y siguen clamando justicia.

Trato de encontrar el porqué, ¿por qué alguien con mi misma edad debe recorrer más de 20 kilómetros diarios?, ¿por qué nadie se inmuta lo más mínimo cuando  sus manos le ofrecen collares, pulseras y además, baratos?, ¿por qué nadie se cuestiona qué le habrá llevado hasta la costa del sol?, ¿por qué ha dejado atrás su vida, su historia, su hogar, y se ha visto empujado a deambular entre sombrillas?. ¿Por qué? ¿Por qué nadie lo oye gritar en silencio?

Porque somos de cartón, y nuestro corazón, con el que sentimos el latir del mundo, de polipiel.  Ya no nos duele la vida, ni la nuestra, ni la ajena. Y es triste comprobar que no avanzamos, sino que estamos varados en nuestro propio egoísmo. Insensibilizados, ciegos ante lo que no queremos ver, sordos ante lo que no queremos escuchar, y mudos ante aquellos que tienen mucho que decir.  Pero no todo está perdido, es fácil comenzar a sentir de nuevo, a dejar atrás esta minusvalía impuesta por nosotros mismos, tan solo pregúntate, aunque sea solo una vez, cuando observes a alguien rogar clemencia al Gobierno, a algún Dios, a la diosa Fortuna, a la propia vida, ¿por qué él así…y yo…y yo aquí?

Irene Ramírez Toraño

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