Vamos a dejarnos caer

“La guerra es una masacre entre personas que no se conocen entre ellas para provecho de personas que sí se conocen pero no se masacran.” – Paul Valéry.

Ahora que hemos venido a entender que las guerras son para los cobardes, vamos a dejarlos de lado y a atacarlos de frente.

Vamos a dejarles ganar batallas perdidas para que su orgullo se crea invencible, a dejarnos caer para que enfunden sus armas sin sentimiento de culpa. Vamos a rendirnos y a perder a su manera. Vamos a dejar de luchar a su modo.

Les vamos a hacer ver que nos han dado de lleno, que pedimos piedad a gritos y clemencia a sollozos. Que nos han herido la vida y nos duele. Vamos a hacerles creer que nos han amordazado el futuro, que la culpa es de nuestro pasado y que ahora mismo el presente esta oscuro. Vamos a dejarlos soñar.

Vamos a enseñarles contra quien se enfrentan.

Los cobardes retan a valientes sin recursos, a héroes por descubrir. Se juegan su prestigio contra los que tienen miedo, miedo de salir perdiendo cuando se juegan aquello por lo que viven, contra los que luchan por causas nobles y no por falsos nobles sin causa. Son los que se defienden sin atacar, los que día a día bailan al son de un compás a destiempo para reconducir una melodía utópica.

Son los que a cada “gracias” se sienten en casa y no mienten si al llorar se sinceran. Esquivan las balas perdidas y no buscan culpables, les dan donde duele y no aclaman venganza.

En ellos están los amores mal alineados que acaban descompensando una balanza sin contrapesos, en ellos están los guerreros del alma y no del fuego. Los que reciben golpes que no son de suerte cuando ellos la crean, no la malgastan.

En ellos se encuentran los viajes sin rumbo entre mareas alteradas, las ilusiones para hacer suya la vida y no ser su esclavo, por cambiar los roles y seguir jugando.

En sus fracasos encuentran sus ganas y en el esfuerzo descubren su éxito.

Las balas les pasan rozando la piel magullada por la metralla del tiempo pero se mantienen firmes al frente sin armas. Sus escudos son personas y no metales, lugares donde sentirse a salvo y no atrapados en órdenes impuestas por falta de autosuficiencia mental.

Se enfrentan a los que no se esconden detrás de uniformes ordenados en filas. Van por libre y la libertad los respeta; crean la perfecta armonía entre sus valores y sus metas. Persiguen la rebeldía y se alimentan de ella, cogen al vuelo cualquier injusticia ajena y se la apropian. Agarran cada reclamo sin futuro y le dan una oportunidad.

Son diferentes. Visten sin traje para no sentirse etiquetados, se sienten fuertes sin sentirse agresivos. Rebozan honor cuando pasan cerca. Son leones de una selva amurallada defendida por un ejercito de corbatas.  Y cuando das con uno de ellos lo ves venir desde lejos.

A veces ganan, sí, pero no presumen. No toleran el robo a la pobreza ni el reembolso al vendedor disfrazado de sirviente. Batallan hasta vaciarse el corazón cuando les privan del amor, del miedo y el llanto, cuando les privan de su honor, cuando les privan de la vida, de sentirse viejos y hacerse fuertes.

Pero mientras se reconozcan y vivan, mientras no se escondan y no se rindan, la esperanza será suya y la victoria nuestra.

Anna Pomares

www.tintademanzanablog.wordpress.com

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