En nuestro propio jardín

No pienses que lo que te voy a contar no tiene nada que ver contigo. Que una simple historia de una chica y su jardín es absurda y sin sentido. Puede que al principio no lo entiendas pero todos somos ella, y cuidamos y mimamos nuestro jardín. Yo soy parte de ella, y tú también lo eres.

Érase vez una vez una chica como todas. Alegre y vivaz, ella era amiga de todos y todos de ella. Poseía innumerables flores, desde las más comunes a las más exóticas. Sus amigos ya las conocían, de hecho pasaban todos los días que la veían por el jardín. Ella les había contado cuales eran las comunes, sus preferidas y las más exóticas.

Había construido un camino desde la calle al jardín para que les resultara fácil ir a buscarla, pero siempre pasando alrededor de las flores, para que las vieran y las contemplaran y si se lo pedían ella dejaba que las olieran y disfrutaran de su maravillosa esencia. Un día, la chica empezó a notar que algo iba mal, parecía que les pasaba algo a las flores comunes. En vez de ser blancas habían ido cambiando de color volviéndose amarillas. Las flores comunes eran las más fáciles de cuidar, de proteger y de resistir a las estaciones del año, pero ella sabía que pasaba algo. Lo notaba, lo intuía. De manera preventiva hizo una pequeña vaya para que los conocidos ya no pudieran ver a simple vista el jardín. Al hacer esto las flores volvieron a tornarse a ese color tan propio de ellas, hasta que pronto volvieron a tener ese color amarillo. Ella no lo comprendía, ¿Quién era él o la que hacía eso? ¿Era ella? ¿No era suficientemente capaz de cuidar de unas flores comunes? Su preocupación fue tal que empezó a fijarse cuando venían sus amigos y para su sorpresa descubrió que la dueña de los gatos, que venía todos y cada uno de los lunes dejaba a sus gatos libres para que pasearan a través de su jardín, sin saber lo que ellos hacían a sus flores. Habló con ella, de sus visitas y de sus gatos y le pidió que si iba a visitarla los llevase consigo pero que no los soltase por el jardín. Ella por su parte se negó, si ella pisaba el jardín los gatos tenían que pasear por allí. Fue tal la vehemencia con la que ella dijo esto que la chica del jardín le anunció que pondría una verja más grande y ya no volvería a entrar. Podría ver el jardín desde fuera, pero no volvería a pisarlo más. Se lo dijo triste ya que no quería separarse de su amiga, la dueña de los gatos. Pero sabía que si no lo hacía su jardín acabaría muerto.

Al cabo de los días las flores volvieron a ser las que eran. El orgullo la inundó y se lo dijo a su amiga que tenía un jardín al lado. Hablando de todo y de nada, cada una de ellas se empezaron a contar como habían logrado llegar a donde estaban. La chica de al lado empezó a decir que nunca le había pasado algo parecido como lo que a ella con la dueña de los gatos. Su jardín era totalmente seguro y sus flores las más exóticas. La chica empezó a pensar que no tenía que estar tan orgullosa de su jardín, pues nunca iba a ser tan exótico y seguro como el de su amiga. Pese a que ésta última le pusiera la mano en el hombro y le dijese ‘‘El tuyo está también muy bien.’’ Ella no se sentía del todo convencida, porque su amiga le recordaba lo que ella tenía y lo que le faltaba al suyo. Pero pensaba, al menos soy la amiga de jardín más bonito, exótico y más seguro.

Un sábado apareció el dueño de los perros con un amigo suyo al que le presentó gustoso. Estuvieron paseando por el jardín y viendo las flores que ella poseía, desde las comunes a las más exóticas, aunque siempre miraba al jardín de su amiga y le decía al chico, ‘‘si quieres flores exóticas puedes ir al jardín de mi amiga.’’ Él le contestó una de las veces que fue a visitarla que no hacía falta, que había encontrado el jardín que tanto tiempo había buscado. Por su parte ella se enorgulleció y volvió a sonreír como no lo hacía desde hacía tiempo. Desde antes que hubiese puesto la pequeña vaya para los conocidos. Él se fijó en una orquídea bastante rara y exótica que se podía encontrar pocas veces en la vida. ‘‘Por fin alguien sabe todo lo que me he esforzado.’’ Pensaba ella.

El amigo del dueño de los perros iba todos los días, pero llegó un momento en que no apareció. Ella empezó a preocuparse por si su amigo estaba bien, pero pronto descubrió que le faltaba una flor, la orquídea que él se pasaba mirando. Corrió hacia el jardín de al lado a buscar a su amiga. Ella y su jardín habían desaparecido.

Se sintió traicionada y dolida, se llevó las flores más exóticas a su casa. Solo ella tenía poder para verlas. Se quedó ahí dentro, pasando días, meses y años y el jardín ya no era el mismo. Las flores se habían asilvestrado y ya no existía el camino que llevaba a la casa, las comunes de no podarlas y cuidarlas habían terminado forjando pinchos para que nadie pudiese ver lo que había detrás, protegiendo así a la casa y a las demás flores.

Así pasó el tiempo hasta que el dueño de los perros llegó. ‘‘¿Qué te pasa? ¿Por qué no sales de tu casa?’’ preguntó éste. Ella le respondió que le dejase. Él no se rindió, con la ayuda de sus nobles perros sorteó las trampas y pinchos que encontraban en el jardín. Conseguir atravesarlo había sido duro, le había dedicado tiempo, esfuerzo y amor. Amor por su amiga que estaba dentro de la casa y no sabía por qué. Ya lo descubriría cuando atravesara todo. Cuando por fin llegó y abrió la puerta, la chica ya no era la misma. Lo esperaba en una esquina, apuntando con un rifle y sus flores exóticas, que a él le habían parecido las más bonitas que había visto en toda su vida detrás de ella. ‘‘¿Qué ha pasado?’’ preguntó el dueño de los perros. ‘‘No está.’’ Respondió ella. Él se dio cuenta que le faltaba una orquídea que él había visto, desde lejos, sí, porque no quería romperla ni dañarla ya que sabía que pocas podías encontrarte en una vida.

Él le respondió ‘‘Tranquila, la buscaré y la encontraré, como también a la persona que te la robó.’’ Ella le respondió: ‘‘Adelante, pero no conseguirás ni lo uno ni lo otro. De hecho te cansarás y lo dejarás.’’

Cuanto se equivocaba aquella muchacha. Él encontró a las dos personas que lo habían robado. Se sorprendió de que uno de ellos fuera su antiguo amigo y sintió vergüenza; la otra era la amiga de ésta última. Ya no eran los mismos, el jardín de ella parecía seguro pero no lo era y lo único exótico era la orquídea robada. Mientras que él, lo único que tenía era dicha flor.

Él le llevó la orquídea de regreso, pero a ella ya no le importaba. Se había dado cuenta que al menos una persona la quería y no la traicionaría.

Epílogo:

Todos en nuestra vida hemos tenido a la dueña de los gatos, a la del jardín de enfrente e incluso al amigo del dueño de los perros. Tenemos nuestro propio jardín y dejamos que pase quien creemos que tiene nuestra confianza más absoluta. Pero sólo lo dejamos  pasar hasta cierto punto, porque no sabemos si el interés que tiene es puro o deshonesto. Quien nos quiere sorteará todas las adversidades y las trampas que inconcientemente le pongamos hasta llegar a nosotros. Cuando llegue habrá otro muro, nosotros mismos. Le preguntaremos como la chica del jardín al dueño de los perros, que si les interesa seguir con nosotros o prefiere irse a pesar del esfuerzo realizado. Dándonos cuenta que no a todo el mundo le interesamos de la misma manera. Esas trampas y muros no lo hemos construido a propósito, nos lo han hecho construir por circunstancias de nuestra vida. No pasa nada si en algún momento nos hemos sentido como la chica del jardín, siempre existirá dueños de perros que nos sorprenderán.

 

www.ljcourworld.wordpress.com

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