La suerte estaba echada

La primera farola de la calle empezaba a brillar y nos avisaba de lo que se nos venía encima. La miramos a la vez, de reojo, como quien disimula lo evidente con la esperanza de no ser visto. Ya no había tiempo para huir ni para dar marcha atrás,  estábamos atrapados entre dos cojines de hormigón rellenos de plumas que mentían al amortiguar cualquier caída.

Seguimos caminando juntos calle a bajo, a una distancia prudencial entre nuestras manos y nuestro miedo, sin agarrarse mutuamente pero sin estar demasiado lejos. El frío iba calando en nuestros huesos que se movían imitando los pasos de dos niños pequeños jugando a ser adultos y serios.

Cayó la noche entre nuestros pies pegados al asfalto y supimos que despegarlos era parte del truco. Nos paramos en la esquina del amor-odio y por si no saltaban ya suficientes chispas, encendiste un cigarro controlando el viento en contra y te apoyaste en la pared. Quemaste tus ultimas palabras con el humo y ya no hubo más opción. El aire se congeló dejándonos solos y no hizo falta pedirnos permiso ni tampoco perdón.

El miedo había huido en el tren de la madrugada siguiente, dejándonos solo los dados trucados para volver a jugar a la misma ruleta que siempre nos hacía perder cuando nos lo apostábamos todo y el croupier nos miraba sorprendido. Sí, nosotros también lo estábamos.

Esta vez no había ningún juez disfrazado de expectativas más altas que las ganas de volver a ganar, así que jugamos un doble o nada para asegurarnos que ambos íbamos en serio.

 

Esta vez tuvimos suerte. Ya era hora.

 

Habíamos ido esquivando el aire cortante de los golpes a cámara lenta que nos lo habían pintado todo del mismo color gris oscuro, sin dejarnos discernir la casualidad con la intención. Nos habían hecho entender que la suerte es para los que la crean y no para los que la buscan pero ya estábamos hartos de ese eslogan publicitario que quemaba más esperanzas que azares . Nosotros éramos más crear escenas de teatro ambientadas con la mejor magia que un mago puede mostrar sin revelar su secreto, hecho de polvo de hadas con finales no siempre fantásticos.

Despacio, andábamos por lugares repletos de recuerdos que nos hacían cambiar de rumbo para no acabar siempre en el mismo punto de partida que nos había visto volver cien veces en un mes,  cambiábamos los planos de los mapas para ampliar horizontes limitados por las simples ganas de redescubrir.

Descubrimos que la vida era la luna mordida con dientes de cristal, colgada de un hilo con otras estrellas elegidas en el atajo de un mismo sueño emborrachado de coraje en una noche muy larga. También descubrimos que el otoño se vestía de marrón con tonos tristes siempre que no le dejases otra opción, que los atardeceres  de paquete encima de una buena moto con cazadora de cuero abrigado hasta los pies daban mucho más calor que un verano asfixiante. Descubrimos las almas y sus eufemismos, las que decían ser de  verdad, y otras con la verdad muy escondida, con el orgullo al descubierto y por dentro muy heridas.

Nos negamos a negar lo innegable y salió bien. Aceptamos volver a hacer trampas al jugar a despistarnos mutuamente, y lo acordamos escondiendo las múltiples maneras de evitarnos si nos volvíamos a cruzar por alguna   calle otra vez.

Cuando acabamos nuestro viaje a trompicones por botellas de whisky medio vacías todos los viernes impares de cada mes, volvió a pasar el tren con el que había huido el miedo para llevarse ahora el tiempo que habíamos perdido al borrar cada huella de intención de reintento, y cuando los vagones rompieron el viento por las vías desgastadas de tanto chispear, volvió a amanecer el invierno apagando las ultimas farolas que quedaban encendidas en nuestra esquina habitual.

 

www.tintademanzanablog.wordpress.com

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