La armadura oxidada

Algunos dicen que es cariño; otros, atracción. Los hay que ven amistad, algo más, e incluso amor. Rumorean que se nota complicidad entre ambos, que no pueden decirse adiós de forma definitiva, que nos une una “condena” que muchas veces resulta placentera. Hay quienes a veces nos acusan de masocas, quienes nos envidian, quienes nos compadecen. Mil teoría subyacen a una relación que en ocasiones cuesta delimitar.

Yo, personalmente, como protagonista de esta historia, no osaría pronunciar un único adjetivo que definiera lo que a él y a mí nos une. Yo, como víctima directa de este sinfín de emociones y sentimientos que se apoderan de nosotros, sólo me atrevería a decir que es la ambigüedad, la incapacidad de explicar qué es lo que ocurre entre los dos, lo que convierte esta historia en algo real, tan real como tú y yo, tan real como todo aquello que no se ve ni tiene nombre pero se siente y nos une.

Por eso, aquí y ahora, con todo lo que nos aúna y nos distancia, con todas esas declaraciones que nada importan, te pido, que en lo tanto que nos queda por vivir, saques un hueco para recorrer conmigo el trozo de mundo que nos dé tiempo a disfrutar.

 

Ojos negros

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