La playa

La Gomera

6:10 de la mañana.

Dos soldados marchan ligeros por la orilla patrullando el horizonte.

La playa de arenas grises se extiende a lo lejos envolviendo sucesivos golfos y acantilados.

Junto a los arbustos que marcan el comienzo de la costa se encuentra instalado un disimulado campamento, escondido de las miradas entrometidas. Lara despierta súbitamente, traspuesta, confusa y sudada. Se busca dentro de la tienda de tela por donde penetran los primeros rayos calientes y molestos del sol. Se palpa, palpa a su compañero que se desvela y se gira lentamente. Intenta abrazar a Lara, ésta se aparta. Se siente oprimida por los brazos extendidos. Sale a gatas de la tienda. Una vez fuera se levanta y mira al cielo intentando respirar de nuevo. Los dos soldados se alejan prosiguiendo la orilla inclinada, húmeda y distante, una orilla ennegrecida por las olas blancas. Alberto sale a gatas y palpa con sus manos la límpida arena gris que se extiende bajo los pálidos pies de Lara. Mira al cielo despejado, el amarillo sol acentúa el azul caribeño del amanecer canario, que va a parar al mar… Lara observa ya más sosegada el horizonte. No hay nadie, están solos como si de una isla desierta se tratase. Las huellas imponentes de los soldados se han diluido en el agua. Lara corre en dirección a la orilla donde las olas ahora rompen con más fuerza. Se quita la camiseta opresora y mojada, y cae mientras intenta arrebatarse los shorts. Se revuelca en la arena y de un salto se incorpora dejando tras de sí sus prendas semienterradas e indiferentes. El amanecer sobre el azul esmeralda supone un imán para su cuerpo.

La arena está fría y suave.

Alberto, todavía en el suelo, contempla la carrera desesperada que hace aparecer una sonrisa en su gesto. Se incorpora y se despoja de lo poco que le cubría. Estira los brazos, cierra los ojos y respira calmado. Otea a su alrededor. Están solos. Y sale disparado tras el sendero difuso que su amada ha dibujado en la arena. Lara plantada frente al mar en todo su esplendor, más allá solo hay agua, más atrás, arena, nada más. Se adentra rápidamente sin importarle lo fría que la noche ha dejado a las olas, y justo cuando se dispone a zambullirse Alberto la agarra por la cintura y la lanza.

… El agua está fría y clara.

Lara asciende como una sirena y clava sus ojos en Alberto que continúa riéndose. Poco convincente Lara se zambulle hacia atrás y continúa adentrándose sola y fugitiva. Alberto la persigue pero Lara no cesa de dar brazadas. Ya bastante lejos de la costa Alberto se detiene preocupado, Lara se detiene cansada, y se abandona a la suerte del naufragio. Alberto la alcanza enseguida y la saca a flote. Lara tiene los ojos cerrados y espera a que su príncipe azul se los abra, pero no es ni el lugar ni el momento. Los dos cuerpos cansados retoman la costa. Alberto se tiende bocarriba exhausto, Lara abre los ojos y escucha las olas. El azul de ese cielo desnublado le apasiona. Desliza por fin su cuerpo mojado sobre el de Alberto. Sus labios salados se cruzan y se aman. Al muchacho le falta el aliento y se aparta apoyándose sobre su brazo que tiembla aún.

-Bueno días, ¿no?…- La observa. El pelo le cae como a una diosa- Pero en qué estabas pensando.

Una gaviota que llega del profundo mar atrae la atención de Lara.

-¿Nos vamos?- dice Lara inocente mientras se levanta.

Nabil Bensebeh

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