Fauna

No era el frío. Era el viento. Era el viento, seguro. Tenía que ser el viento, o al menos eso me repetía una y otra vez. Eso me repetía mientras decidía qué camino tomar, como si fuera yo la famosa niña de la caperuza roja que va a visitar a su abuela. Un camino seguro, largo, tedioso. Muy tedioso. Un camino largo y tedioso hasta casa, o la alternativa. Mis piernas, flaqueando, me incitaban a ir por la senda corta, entre aquellos árboles altos. Aquellos árboles contra los que chocaba el viento. Las escasas nubes que tonteaban  tímidamente con aquella nube soberbia mientras algún lobo alejado aullaba sin parar. A pesar de aquellos aullidos y esos golpes de cristal contra el suelo, decidí ir por el camino corto. Contra el viento.

A medida que avanzaba, vigilaba con cautela lo que me rodeaba. Me alejaba de los aullidos y el silencio me envolvía cada vez más, viéndose únicamente interrumpido por el ruido de la arena bajo mis pies. Intentaba pisar sin causar mucho estruendo, aunque la velocidad de mi marcha me jugaba en contra. Maldita arena, pensé. Entre las escasas nubes que tonteaban tímidamente con aquella luna, aquella luna soberbia, podía imaginar el vuelo de algún águila o, peor, algún buitre al acecho de presas que cazar.

Paré, de golpe, para atarme los cordones, al tiempo que escuchaba la respiración de un perro durmiendo abrazado a una botella de cristal en un banco lejano. Quizás era un lobo, no podía afirmarlo con certeza, pero parecía perro. Perro manso entre aquellos árboles. Me pareció que algo se movía entre aquellos árboles. Aquellos árboles que me rodeaban. Víboras, quizás. Lémures observándome. Víboras acechándome. Veía ojos brillando, ojos escondidos en la sombra. Respiré profundamente. Saqué del bolso mi inhalador y sacié mi hambre de oxígeno.

Mi paso se había ralentizado. La arena bajo mis pies ya no soltaba quejidos a cada pisada, pero yo avanzaba mucho más despacio entre aquellos árboles. Una ráfaga de viento me estremeció justo al momento que vi un oso caminando en mi dirección. Pensé en darme la vuelta y probar por el otro camino, pero mis pies recobraron su estabilidad cuando vi que el oso iba acompañado de una cría. El pequeño osezno iba encima del que podía asumir era su padre, observando cuanto lo rodeaba. Al cruzarse en mi camino, llegué a desear que aquellos osos, que ahora caminaban únicamente sobre sus dos patas traseras, me acompañaran y vigilaran entre aquellos árboles. Pero no. Se alejaron. Se alejaron hasta ser, únicamente, puntos borrosos en aquella oscuridad. La oscuridad en la que se escondían los ojos punzantes. Los ojos que no cesaban de observar cada paso que yo daba.

Me agaché tras un matorral al divisar, en la distancia, a una manada de jaguares deambulando, como yo, entre aquellos árboles. Bueno, no como yo, claro. Ellos iban acompañados y a cuatro patas. Yo no. Hacían un ruido escandaloso, gruñendo, chocándose los unos contra los otros, rugiendo. Jaguares. Sus gruñidos aceleraban mi pulso mientras yo me desplazaba cada vez más lentamente a mi destino. A este paso no llego, pensé. Puse los ojos en blanco, y me golpeé en la frente, creo, para darme cuenta de que no podía detenerme ante cualquier animal que apareciera de la nada. Si había elegido cruzar ese safari, aquellos árboles, ahora me tocaba joderme. Y jodiéndome, reanudé mi andar. Más lento que antes, probablemente, pero firme. Todo lo firme que mis flacas piernas me permitían.

Con los ojos cerrados, imaginaba bajo mis pies la playa, las olas a lo lejos, un tipo de viento distinto dándome empujoncitos. Un viento mucho más caluroso. Y las olas. Menudas olas. Pero no. El único sonido de agua que me llegaba era el de aquel estanque lleno de salamandras tímidas y gorriones asustadizos. Al menos los murciélagos que siempre daban vueltas alrededor del estanque no habían hecho acto de presencia esta vez. Sólo yo. Yo, el estanque, los aullidos de lobo de la lejanía, los jaguares escandalosos, las lagartijas escurridizas, y los millones de ojos que me rodeaban. Del agua surgieron dos ojos amarillos que llamaron mi atención al instante. Un cocodrilo. Aquellas finas líneas negras, delgadas como mis piernas, siguieron mi movimiento al cruzarme con semejante bicho hasta que yo, con respiración nuevamente agitada, pude alejarme de él.

Ya quedaba poco. Ya quedaba poco, aseguraba yo. Ya, al menos, había podido salir de entre aquellos árboles y ya estaba un paso más cerca de mi hogar. Al fin y al cabo, atajar por el parque recortaba mucho el camino de vuelta. Ya sólo faltaba una calle y pronto estaría frente a mi casa. Ahora que ya me alejaba de aquellos árboles, saqué un cigarrillo de mi bolso y traté de encenderlo, pero el mechero se me cayó al suelo. Consideré darlo por hombre muerto, tirar el cigarrillo y seguir andando, pero me agaché después de mirar hacia los lados y hacia atrás y lo alcé. Encendí aquel cigarro y entre el humo que acariciaba los cristales de mis gafas vi resurgir del suelo los bloques de edificios ya familiares que me indicaban una nueva victoria. Pero, claro, cómo no, un ladrido cercano. Desde el callejón de aquel bar que no parecía cerrar nunca para algunos, se materializó un perro sin dueño que se iba acercando cada vez más hacia mí mientras ladraba sin ningún tipo de vergüenza. No sé qué raza era. Era ese tipo de perro que parece más un lobo que un perro. Se acercó a mis esqueléticas piernas y siguió ladrando. Yo lo intenté ignorar pero el perro siguió caminando a mi lado. Agitando el rabo de un lado a otro sin parar. Como un péndulo. De un lado a otro sin parar. Traté de andar más rápido sin mirarlo, pero el perro, algo más veloz que yo, se me cruzaba. Sonriendo. Ladrando y agitando su rabo de un lado a otro. Me cansé y, tirando el cigarrillo al suelo, le hice señas de que se fuera. Cuando traté de hablar, de mi interior sólo surgió un balbuceo estéril.

Cuando pensé que aquel perro se iba a salir con la suya y me iba a frustrar en exceso, apareció un chico que me preguntó si aquel perro me estaba molestando. El chico me miró exigiendo sinceridad desde unos ojos verdes y seguros. Detrás de él, otro chico observaba la situación, apoyando desde la distancia a su amigo. Yo asentí. Asentí y el chico mandó a callar al perro y lo asustó bruscamente hasta que el perro salió corriendo hasta desaparecer en la penumbra del callejón de donde había salido. El chico dio un paso hacia mí y me preguntó si yo estaba bien. Asentí una segunda vez y musité un delicado gracias. El chico me sonrió y me preguntó si quería que me acompañara a casa. No, gracias, respondí yo y, tras media sonrisa, seguí mi camino. No estaba mal, escuché que decía el amigo del chico. Un poco borde, afirmó el chico. Se preguntó si debía haberme pedido el número justo antes de desplegar las alas. Justo antes de desplegar las alas y salir volando hacia aquellos árboles en la lejanía.

Llegué, por fin, al portal de mi casa y busqué las llaves, tiritando. No era el frío. Era el viento. Era el viento, seguro. Eso me repetía una y otra vez.

 

Mattis G. de la Fuente

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Un pensamiento en “Fauna

  1. ¡Precioso! Qué historia tan redonda, me ha atrapado desde el principio hasta al final. Ha sido un placer regresar a este bello rinconcito de palabras, es pura magia. Gracias por compartir cosas tan hermosas como estas, de verdad, ha sido un placer regresar.
    ¡Un gran abrazo, sé feliz! :)

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