El muro de la vergüenza. Por un Sahara libre.

Campamento de refugiados de Tindouf, son las ocho de la mañana  de un día cualquiera del mes de Agosto y el sol ya se manifiesta con una intensidad majestuosa.

Batull se despierta y como de costumbre , ayuda a sus hermanos a vestirse para ir a la escuela y ayuda a su madre a limpiar su hogar, al principio no le gustaba esa denominación pero pronto aprendió que el hogar es aquel sitio donde está su familia y ella ha tenido la suerte de mantenerla unida . Por las tardes acude al ambulatorio donde recibe unas nociones básicas de atención sanitaria impartidas por una enfermera española que dejó todo  en su  pequeño piso de Lavapiés para dedicarse en cuerpo y alma a los demás.

Batull sueña , sueña muy fuerte con cosas insignificantes como sumergirse en los libros, saborear una onza de chocolate negro  o fotografiar un atardecer ; ella  sueña con volar. Mientras tanto, Batull baila , da vueltas moviendo los brazos como si así pudiese salir de ese muro que tanto la avergüenza, como si ese aleteo de brazos fuese a tener algún efecto entre tanta arena , entre tanto silencio que la envuelve. Ella siente que vive en una de esas bolas de cristal  que si la agitas , pequeños copos de nieve recubren el interior y que descubrió con 8 años en una tienda de suvenires  cuando veraneaba en Roma con una familia de acogida. Sin embargo , la realidad no es tan bonita.

Hoy hay noche de estrellas y ya sabe lo que tiene que pedir, no lo dice nunca en alto, por si no se cumple , pero se lee en sus ojos negros.

Silvia H.

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