Las apariencias sí importan

Pocas veces te encuentras una serie infantil de televisión como “Ronja, la hija del bandolero”. La serie animada ha salido del estudio japonés Studio Ghibli, responsable de títulos como “La Princesa Mononoke” o “Mi vecino Totoro”. Está basada en un libro de la autora Astrid Lindgren (la misma que creó a mi idolatrada Pippi Langstrump o Pippi Calzaslargas) y cuenta la historia de Ronja una niña aventurera, curiosa y valiente que vive miles de aventuras en el castillo donde nació junto con su amigo Birk. La serie es preciosa, manda un mensaje muy hermoso al público infantil y sobre todo a las niñas. Mostrándoles que ellas también pueden recorrer recónditos bosques, vivir miles de aventuras y enfrentarse a cualquier cosa sin que pase nada por ensuciarse la ropa o hacerse algún que otro arañazo porque es magnífico explorar el mundo que te rodea.

La serie parecería idílica si no fuera por una cosa: la apariencia de Ronja. Si no conociéramos que la protagonista es una niña, nos costaría darnos cuenta de ello. Y es que Ronja viste pantalón y tiene el pelo corto como un niño. Efectivamente, el dibujo animado parece representar más a un niño que a una niña. Puede parecer una nimiedad (y el hecho de que Ronja tenga ese corte de pelo no es, a priori, ningún problema), pero en un mundo en el que (por suerte o por desgracia) la imagen vale mucho representar a una niña con un aspecto cercano al de un niño puede mandar mensajes contradictorios. Porque si es normal que las niñas lleven pantalón, pero qué niña de cinco a diez años tiene el pelo corto. No me refiero a media melena que le descanse por los hombros o a la altura de la mandíbula, sino a un pelo de unos cuantos centímetros. No es muy común, ¿verdad? Luego, qué niña de cinco a diez años puede sentirse identificada con la imagen de Ronja.

Porque muchas veces a las féminas, da igual la edad que tengan, se las representa en la ficción de una forma muy alejada de la realidad. No solo a Ronja, también a heroínas como Wonder Woman, por poner un ejemplo. Todas ellas proyectan una imagen sobre cómo deben ser las mujeres valientes, no solo como tienen que comportarse, también como deben vestir o lucir cuerpo. Es extraño como Superman, Batman o Spiderman van absolutamente tapados por sus supertrajes, pero Wonder Woman, Catwoman o Supergirl tienen que ir enfundadas en unos “supertrajes” muy ajustados y en muchos casos minúsculos. Por lo visto para ser una valiente superheroína tienes que tener, además de súper poderes, un supertraje que marque y deje ver alguna parte de tu físico y mientras más enseñes mejor. Porque ese es otro tema, hay que tener un físico de escándalo, fibroso y sin un rastro de materia grasa (las superheroínas con barriguita y celulitis no pueden salvar el mundo). Si ya de por si es difícil ser mujer en el siglo XXI, ser superheroína es aún peor.

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Por eso Ronja debe hacernos pensar que la forma de ser no debe influir en tu físico, ni viceversa. Que puedes ser una niña angelical con ojos azules, tez blanca y una larga melena rubia y perderte en un bosque a vivir miles de aventuras. Lo mismo que puedes ser una mujer de cincuenta años, con muchos o pocos kilos de más, enfundarte tu supertraje de superheroína y salvar al mundo de la más absoluta destrucción. La apariencia de alguien es solo eso, la apariencia, no algo que defina lo que pueda o no pueda hacer en su vida.

Psique Winchester

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