El estigma. Parte I

Jaime es un niño que se incorporó en las clases que imparto en un colegio de Barcelona a mitad de curso. A diferencia de los otros, es un poco especial. Extremadamente sensible, muy inteligente, con mucha energía y… con un carácter muy fuerte. De hecho, tan fuerte parece ser que una semana antes de que empezara a formar parte de la actividad, mi coordinador me llamó para advertirme de su personalidad. “Te lo comento para que lo sepas, Pol. Es un poco… complicado, digámoslo así….”. Sus futuros compañeros también me lo hicieron saber, preocupados: “Uy, Jaime… Está un poco loco.”.

Cuando llegó la primera clase con él, decidí no darle importancia a lo que me habían dicho y dirigí la actividad con la más absoluta naturalidad. Sin embargo, al cabo de poco tiempo, vi cómo Jaime se iba a un rincón y se sentaba. En seguida fui a preguntarle lo que le ocurría, pero nada. No quería hablar. Jaime estaba enfadado. Muy enfadado.

Podría no haberle dado importancia al asunto. Podría haber continuado con la actividad y esperar a que Jaime se calmara y volviera por su propio pie a su sitio de trabajo. Y ahora, mirándolo en retrospectiva, me doy cuenta de la suerte que tuve al no hacer eso.

Anuncié a sus compañeros que tenían tiempo libre y saqué a Jaime fuera de la clase. Allí, le hice una pregunta muy simple (éstas suelen ser las que más duelen…): “Jaime, ¿qué ocurre?”. Nada. Seguía enfadado. Me puse de rodillas, le puse la mano en el hombro y le dije: “Jaime, ¿estás bien?”. Y no. No lo estaba. Se puso a llorar instantáneamente. A partir de tres palabras, me contó todo lo que le preocupaba. Entre otras cosas, me dijo entre sollozos: “Daniela y Marina se está metiendo todo el rato conmigo”.

Después de haberme asegurado que Jaime estaba ya tranquilo y de que le hubiera quedado claro que no iba a tolerar que algún compañero molestara a cualquier otro, pedí a Daniela y a Marina que salieran de clase. Les hice la misma pregunta que a Jaime; sin embargo, su respuesta fue “Que nos hemos metido con Jaime”. Era imposible no notar la expresión de culpabilidad que había en sus rostros. Les hice reflexionar sobre lo que habían hecho, pidiéndoles que se pusieran en el papel del pobre chico. Marina asintió y me pidió de volver a entrar a clase para pedirle disculpas. Sin embargo, Daniela se puso a llorar en silencio. Cuando le pregunté qué le ocurría, me contestó: “Con Jaime sólo se meten desde hace un año. Conmigo se metieron tres. No le pasa nada por sufrir un poco, yo sobreviví”.

* * *

De entre todo lo que nos ofrece, quizás lo que más me asombra de la educación es el hecho por el cual, a fin de cuentas, los maestros acabamos aprendiendo más de nuestros alumnos que ellos de nosotros. Este es un caso real -quizás, demasiado real… Llevo mucho tiempo con la respuesta de Daniela repitiéndose en bucle en mi cabeza. Y sólo hace que presentarme preguntas. Los compañeros que vieron la situación de acoso y no dijeron ni hicieron nada, ¿son cómplices de ella? ¿Y si el problema no lo tuvieran Jaime, Marina y Daniela sino todos? ¿Y si el problema no lo tuvieran todos sino un sistema educativo extraordinariamente competitivo que, involuntariamente, hace de las relaciones entre alumnos unas relaciones de aversión? ¿Y si el problema del acoso escolar fuera un problema de base, de planteamiento; algo inherente a la escuela de hoy en día y los alumnos fueran simplemente receptores de este fallo estructural? ¿Y si el bullying no es un problema autónomo sino un estigma latente en todo estudiante? Preguntas y más preguntas.

FIN PARTE I

P.S.: El relato ha sido ligeramente modificado, así como los datos de los niños que se han mencionado, a fin de mantener su privacidad. Actualmente, los tres están en manos del equipo psicopedagógico del centro y el problema local ha sido solucionado.

Pol R Vouillamoz (@polrvg)

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2 comentarios en “El estigma. Parte I”

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