El estigma. Parte II

Narré en mi último artículo una experiencia acerca del acoso escolar que viví en una de las clases que doy. Me parece adecuado, aunque sea por mera cortesía, dedicar esta segunda parte a empezar a justificar -en la medida de lo posible- el título que le designé.

Me di cuenta de que algo no funcionaba a nivel estructural cuando una niña (Daniela) con el que estaba hablando para entender por qué acosaba a su compañero (Jaime) me dijo: “Con Jaime sólo se meten desde hace un año. Conmigo se metieron tres. No le pasa nada por sufrir un poco, yo sobreviví”. Ahí me preocupé de verdad.

Es cierto que hoy en día numerosas entidades están llevando a cabo impresionantes campañas de concienciación en torno al bullying; podríamos decir que prácticamente ya no queda nadie que no haya oído nunca hablar sobre este tipo de maltrato sistematizado. Pero lo cierto es que hasta que uno no se encuentra cara a cara con sus terribles gestos definitorios, no es verdaderamente consciente de lo que este anglicismo significa.

El acoso escolar no es un problema de maltrato aislado (es decir, una relación maltratador-maltratado autónoma a su entorno). Por lo que vi en la situación que conté y en otras que se han dado, el bullying es un mecanismo social (es decir, un patrón de conducta y relación) cuya semilla se encuentra en el mismísimo núcleo del sistema educativo.

Desde una tempranísima edad, los niños entran en contacto con una realidad absolutamente cuantificadora: las notas cuantifican el éxito académico, el número de amigos o la consistencia de un grupo indica el grado de éxito social, un complejo entramado de normas y reglamentos (uniformes, colas para entrar en el comedor, etcétera) permiten evaluar la efectividad disciplinaria, una minuciosa codificación horaria y espacial (incuestionablemente, cada actividad tiene su lugar y su momento)…

Esta mecanización del ámbito educativo (que el filósofo Michel Foucault describe con una profundidad asombrosa en su ensayo Vigilar y Castigar) naturaliza inadvertidamente un carácter absolutamente funcional a la experiencia escolar: el alumno está ahí para hacer algo. Y en el fondo, aunque venga revestida de una pedagogía sumamente comprensiva o de un gesto amable, en estos términos de análisis la figura del maestro no supone otra cosa que la encarnación de la disciplina por medio de la autoridad.

¿Qué sucede cuando la autoridad deja un margen de maniobra a la funcionalidad para realizarse como tal? Que nace la competitividad. En última instancia, los alumnos de nuestro sistema educativo los entendemos bajo dos ópticas: o bien son competidores entre sí o bien son potenciales a devenir.

Quizás, para descifrar verdaderamente los graves problemas que los acechan, lo primero que tenemos que hacer es des-cifrar a nuestros alumnos.

FIN PARTE II

Pol R Vouillamoz (@polrvg)

 

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