El lado oscuro de la obediencia

Sabemos que la educación es esencial en nuestro proceso vital y, si nos paramos a analizar su razón de ser, podemos observar un factor común que alude a la adquisición de habilidades relacionadas con el intelecto, la cultura, la formación, el comportamiento, la afectividad o la moralidad.

Dentro de esta adquisición de habilidades, existe una cualidad que adquiere gran importancia desde los primeros años de nuestras vidas: la obediencia. Hay un gran interés en desarrollar actitudes de obediencia, con una connotación educativa, desde la infancia. Estas actitudes pretenden guiar al niño o la niña en este proceso y su finalidad es que adquiera una disciplina o unos hábitos que les proporcionen una integración dentro de una sociedad determinada, con unos patrones establecidos y que requiere de una actitud de obediencia a lo largo de nuestra vida para ir acatando normas, leyes o la voluntad de las personas.

La obediencia es un factor clave para nuestra integración, es una apertura de puertas silenciosa, ya que permite ir evolucionando en los diferentes estadios de nuestra vida siempre y cuando seamos capaces de acatar determinadas pautas, pero ¿qué ocurre cuando hay alguna norma, ley o voluntad de alguien que no nos parece ética y no existe la disposición de acatarla?

En 1961, después de que Adolf Eichman, teniente coronel al servicio de Hitler, fuera juzgado y condenado a muerte por crímenes contra la humanidad, Stanley Milgram decidió realizar un experimento ya que muchas de las personas pertenecientes al régimen Nazi justificaban sus actuaciones con el deber de obedecer a sus superiores.

El experimento consistió en poner un anuncio en el periódico haciendo creer que se trataba de un experimento sobre memoria. Hubo una serie de participantes que acudieron sin conocer el objetivo real, los cuales iban a ejercer el papel de “maestro” en el experimento, el resto eran actores ejerciendo el papel de “alumnos” y “el investigador”.

El experimento suponía que los maestros dieran pequeñas descargas eléctricas cada vez que el alumno fallase. En realidad, eran descargas ficticias, pero ese era un dato que los participantes no sabían, solo eran conocedores de ello los actores del experimento. Con cada descarga, escuchaban desde otra habitación los gritos de los alumnos (grabaciones parte del experimento) y, aunque en la mayoría de las ocasiones los participantes querían dejar abandonar, cuando el investigador, figura de autoridad, le indicaba que debían continuar, acababan haciéndolo. Milgram alude así a como “la férrea autoridad se impuso a los fuertes imperativos morales de los sujetos”

Hablamos de resultados sorprendentes porque antes de realizar el experimento se estimó un porcentaje mucho más bajo que respondería con obediencia total, incluso sabiendo que podría haber resultados letales tras esas descargas, pero la realidad fue otra ya que, entre el 61% y el 66% terminó aplicando esas descargas como respuesta a la autoridad.

Este experimento hoy en día no estaría permitido por cuestiones de ética, por ello no podemos extrapolarlo en su totalidad a la sociedad actual, pero sí podemos tomar sus resultados como ejemplo para cuestionar determinadas actitudes que seguimos perpetuando a día de hoy. Estos resultados, más allá de justificar ciertas atrocidades, hacen pensar en la importancia del pensamiento crítico: de cuestionar y valorar a través de unos parámetros que respondan a quienes somos cada persona, en función de nuestros principios. Nutrirnos e interesarnos por lo que sucede a nuestro alrededor, despertar, cuestionar sin miedo, poner conciencia en lo que hacemos y ser una parte activa para mejorar la sociedad que hemos creado. De este modo, podremos actuar con convicción y no por la inercia de obedecer que, como hemos visto, puede resultar letal.

Mª Ángeles Serrano Romero

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