Cómo crear un machito

Me enseñaron que las niñas no jugaban al fútbol. Y, en el improbable caso de que quisieran jugar, a no tirar fuerte, porque podía hacerles daño. Parece que les preocupaba la fuerza de mi pierna atómica de ocho años. En el mundo que me mostraron, las chicas eran flores delicadas y nosotros cardos borriqueros. Debíamos mostrar nuestra fuerza bruta a todas horas. Romper cosas. Jugar a darnos balonazos. Ponernos a prueba. Berrear. Golpearnos el pecho, hablar de nuestros penes. Éramos, o, para ser más exactos, íbamos a ser, hombres.

La cosa se complicó más cuando me cambió la voz. Ya era, o debía ser, uno de ellos con todas las de la ley. Con pelos en los huevos. Tenía que beber y fumar. Y comer carne. La carne era de hombres. Como si ir al supermercado fuera la caza de nuestro siglo. Tenía que aprender a usar la escopeta del abuelo, cortar rabos de lagartija, tirar piedras. Chulearme, tocarme los genitales, eructar, dominar. Yo no quería beber ni fumar, pero lo hacía, porque no quería que se me cayese el pito. O peor, que me llamaran maricón. O niña. Yo tenía que ser un hombre. Y un hombre debía ser heterosexual y demostrarlo continuamente, por si alguna vez te entraban dudas.

Yo debía mirar el culo y las tetas a las chicas. Y comentarlo luego. Si no lo comentabas después, era como no haber mirado. Había que decir «pues yo me la follaba». Como si ella no tuviera voto o a alguien le importase mi opinión. Supongo que hablábamos mucho de sexo para disimular que no sabíamos nada del tema. Alguno presumía en clase de que tal o cual chica le hacía mamadas. No oí a ninguno presumir de hacer cunnilingus. Por aquel entonces, yo no me enteraba de nada. Miraba culos y tetas, pero mi relación con las chicas se resumía en tirar flojito si jugaban al fútbol con nosotros.

No teníamos porno —ya tengo una edad—, así que, literalmente, nos conformábamos con el catálogo de lencería de El Corte Inglés. Pero el porno lo empeoró todo. Todo lo que veía era dominante. El chico cogía del cuello a la chica, le ordenaba cosas. Ninguno mostraba delicadeza ni parecía importarle ningún orgasmo que no fuera el propio. Los chicos debían mostrar su fuerza bruta, como a mí me enseñaron. Vi escenas de dos chicas juntas, pero nunca vi dos chicos haciendo nada. Ni siquiera estando en la misma habitación en pelotas. Ellos no se tocaban. Ellos eran hombres, aunque no tenían pelos en los huevos. Además, todas las escenas acababan igual —perdón por el destripe—: el chico eyaculaba en la boca de la chica en un acto de humillación y dominación final. Y corten, a otra escena.

Cuando me tocó a mí hablar con chicas todo fue aún peor. Yo tenía pito, así que debía pedir rollo o invitar a copas. Eso hacíamos. Pagar Fantas. Comprábamos el derecho a hablar con ellas. Mostrábamos nuestro plumaje —todo el tiempo— y ellas elegían. Yo pensaba que las chicas lo tenían más fácil. Pero claro, yo era adolescente y no pensaba mucho.

Cuando conseguí intimar con chicas, la presión fue a más. ¿Te la has follado? ¿Y qué le has hecho? ¿Te la ha chupado? ¿Te ha dejado meterle mano? Y daba igual lo que dijeras, verdad o mentira. ¿Sí? Menuda zorra. ¿No? Menuda estrecha. ¿Le pones los cuernos? ¿No? Maricón. Eres una niña. Tienes que ser un hombre.

Hoy me siento aliviado de no tener que demostrar que tengo pene a todas horas, aunque me siguen diciendo que debería ser un hombre. Otro. El que ellos querían.

Con lo que me ha costado no serlo.

Johan Cladheart

http://www.johancladheart.com

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1 comentario en “Cómo crear un machito”

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