Desaprender la inercia, aprender a visibilizar

Vivimos en una sociedad donde se nos transmite el afán por economizar y agilizar en tiempo. Nos enseñan a ser impacientes y no contemplar que detrás de una espera, hay un acto de comprensión, respeto y generosidad, ya que no siempre nuestras situaciones son las más urgentes. Cuando sabemos esperar, dejamos de ser el ombligo del mundo por un rato.

Sin la pretensión de buscar una única justificación, ya que son muchos los antecedentes, y a colación del tema del protagonismo, podemos utilizar este símil para explicar lo que ha ocurrido con el lenguaje. Hemos interiorizado y puesto en marcha eso de economizar el lenguaje: hecho que nos aporta rapidez y una actitud práctica a la hora de hablar y comunicarnos, pero los daños colaterales apuntan a un lenguaje que excluye porque deja solamente como protagonistas a la mitad de la población. Para ser conscientes de ello, debemos apagar el motor de la prisa y parar por un momento a cuestionarnos años de tradición.

Pero ¿somos realmente conscientes de que nuestra sociedad necesita de manera imperiosa el lenguaje inclusivo? Nuestro día a día así lo niega con determinados hechos cuando, realmente, se trata de una realidad palpable cada vez más explícita.

Realizar cambios en nuestro lenguaje orientados hacia unas actitudes no excluyentes supondría un escalón más en el despertar hacia una sociedad más justa.  En este caso, también serviría para dejar de justificar tan neciamente la carencia de un lenguaje que contemple a las personas en su totalidad, sin dejar a una parte de la sociedad invisibilizada.

Este es un tema que genera controversia e incluso cierta repulsión. A simple vista, y después de toda una vida conviviendo con una manera en concreto de hablar y comunicarnos, cuesta desaprender a hacerlo. Los cambios siempre vienen acompañados de esa mezcla entre pereza, miedo, desconfianza y negación y, en este caso, se acentúa cuando hay una cuestión de género de por medio.

Las reacciones ante la propuesta de hablar de manera inclusiva suelen ser diversas pero, cuando surge la idea de no usar el masculino plural  y cambiarlo por palabras que nos engloban a la población al completo o suponga citar a ambos géneros, surgen los ceños fruncidos, los argumentos irónicos e humillantes y las risas por lo “estúpido” de querer cambiar algo que se lleva haciendo desde siempre y que, por supuesto, la RAE  (constituida mayoritariamente por hombres y un mínimo porcentaje de mujeres) ha avalado desde siempre.

La respuesta es bastante sencilla: alude a la comunicación, sea del tipo que sea, ya que desde que nacemos es vital para nuestro desarrollo y es a través del lenguaje, desde donde visibilizamos lo que queremos transmitir. Así es como se palpan nuestras ideas y pensamientos, les damos forma en nuestro imaginario y las sacamos al exterior a través de unas palabras que, si dejan fuera a la mitad de la sociedad, denotan la perpetuación de las mujeres el plano de la invisibilidad. De ahí lo indispensable de un lenguaje que nos incluya a todas las personas, no solo a todos.

No hace falta ser pedante, redundante o inventar palabras que no existan, se trata de buscar la palabra o la expresión que incluya en lugar de seguir excluyendo y hay mucho de empatía y solidaridad detrás de este cambio. Para ello es importante dejar de pensar en ello como una crítica y enfocarlo como una mejora, una actitud justa que nos proporcione un pensamiento global. Esto se puede lograr educando o reeducando de manera inclusiva en todos los aspectos vitales, de este modo dejaría de ser una utopía ese día en el que, lejos de suponernos una ardua tarea utilizar un lenguaje sin exclusión, pueda naturalizarse una actitud que abrace nuestras diferencias y las incluya con la palabra adecuada.

Constantemente hay que ir más allá y, aunque resulta complicado romper con determinados comportamientos que tenemos sumamente arraigados, siempre será un avance lo que nos haga cuestionarnos determinados hábitos o rutinas que se encuentran fosilizados en nuestra cultura por inercia. Quién nos iba a decir que, en este caso, desaprender serviría para mejorar y ser conscientes de que, dejando de dar cosas por hecho, daremos lugar al crecimiento de comportamientos que rieguen nuestra humanidad, así como también podremos ser capaces de asumir que la educación está en constante movimiento y las personas también.

Mª Ángeles Serrano Romero

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