Estos locos bajitos

Cuando mi madre me llevaba al colegio, siempre ponía en la radio del coche un disco con sus canciones favoritas de Joan Manuel Serrat. (Aunque ella decía que lo hacía para animarme -nunca faltaba la de Hoy puede ser un gran día-, ahora que lo miro en retrospectiva estoy seguro que formaba parte de algún ritual mañanero para no desesperarse en medio de ese tráfico tan típico de las siete y media…). Dicen que la maestría surge de la repetición, y -como es normal-, a base de repetición se me grabó la frase que más maestro hace al cantautor catalán: “Niño… Deja ya de joder con la pelota…”. Ay… Esos locos bajitos… Y, precisamente, sobre esto quiero hablar hoy. De esos locos bajitos.

La magnífica pieza de Serrat acaba con una frase que no se presta a ambigüedades: “Nada ni nadie puede impedir […] que crezcan y que un día nos digan adiós“. De un modo casi imperceptible, el músico une la despedida con la pérdida del adjetivo que hace geniales a los niños: bajitos. Pero… ¿y con el locos? ¿Este se queda, o también se va?

Tardaron 13 años en diagnosticarme superdotación y altas capacidades intelectuales. Eso, y dos folios y medio más entre patologías e informes. Comparto caso con ese 2.5% de la población del cual un 90% no está ni siquiera diagnosticado y un 70% (de los que sí que están detectados) hemos vivido o viven la tragedia del fracaso escolar.

A nivel de mass media, la superdotación o las altas capacidades se presentan como un apetecible destino para cualquier niño que deba llegar a nuestro mundo: todos sabemos la historia de Einstein, alguna vez nos habrán contado las maravillas de Edison o más de una lágrima de risa se nos habrá escapado con las peripecias de Sheldon Cooper, entre otros. Pero la vida de la gran parte de los que vivimos con esta condición lejos está de esa impostura intelectual. Ansiedad, depresión, hipersensibilidad, errores de diagnóstico, acoso escolar… El elenco es variopinto. Es cierto que, -un poco a modo de licencia poética-, se cuentan algunas miserias de los grandes genios, pero mi pregunta es la siguiente: ¿qué sucede con los superdotados que, habiendo sufrido à la Einstein, no nos da por formular la teoría de la relatividad?

De todos modos, no vengo aquí a hablar de superdotación. Al menos, no de momento. Respetando como es debido el margen de error, estoy seguro que cualquier persona que lleve consigo algún tipo de diagnóstico ha vivido una situación parecida. Se muestra una cara, se banaliza la otra.

Y es cierto, los tiempos están cambiando, la educación prospera, se empieza a hablar de escuela inclusiva… Pero en un dialecto un poco sui generis. Sólo hace falta asistir a los eventos del cambio educativo (léase conferencias, mesas redondas, talleres, formaciones, etc.) para ver hacia dónde giran las posiciones: ¿el alumno es superdotado? debemos aprovechar su talento. ¿El alumno es disléxico? Debemos potenciar sus otras inteligencias. ¿El alumno es hiperactivo? Potenciemos, rentabilicemos su motricidad. Y eso está bien, sí… Pero, de nuevo, es un bien un poco sui generis.

Aquellos que hemos sido locos bajitos y que ya no somos bajitos pero no sabemos demasiado si seguimos siendo vistos como locos, no buscamos tanto rendir al máximo a nivel académico como entender, aceptar y convivir con nuestra condición. No buscamos ser Teslas, buscamos entender cómo encontrar momentos de serenidad en la hiperacceleración del entorno escolar. No buscamos, por rudo que suene, que un psicólogo o un psiquiatra sepa más sobre nosotros que nosotros mismos. Buscamos… ¿cómo decirlo? Buscamos aire.

Pero parece ser que, para las élites de lo educativo, esta demanda silenciosa forma parte de la partida de cosas a ignorar. ¿Qué va a saber ese loco bajito de lo que necesita y lo que no? ¿Qué tiene que decir ese loco bajito con respecto a la fuerza del diagnóstico?… Como dijo Serrat: “Niño, que eso no se dice, que eso no se hace, que eso no se toca“.

Pol R Vouillamoz

@polrvg

 

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