El chamán

-¡Alzad vuestras manos! ¡De nuevo!  ¡Más alto! Suplicad como hombres que sois a los dioses que están de pie ahora con nosotros.

En el claro había comenzado a oscurecer y por entre las grietas del cielo naranja se empezaba a notar el brillo de las estrellas. Escondidos en la selva, con indiferencia del tiempo y de cualquier distracción, la superstición se apoderaba de cada uno de nosotros.

Nuestros mugidos, nuestros rugidos y el escabroso pulso que marcaban nuestras lanzas en la tierra obligaban un silencio a nuestro alrededor. Las bestias nos observaban desde la espesura, y en sus ojos vidriosos se reflejaban nuestras llamas.

-¡Los dioses nos han dado su confianza esta noche! ¡Seremos nosotros los que aullaremos a la luna!

En la aldea se respiraba un ambiente de discordia. Los dioses parecían habernos abandonado. La misma luna se negaba a aparecer ocultando su luz entre las nubes; avergonzada, seguramente, por alguna de nuestras actitudes.

La tribu se había dividido en dos facciones ninguna de las cuales había conseguido imponerse. La falta de fertilidad se debía a los episodios de rebeldía que habían protagonizado las mujeres, negándose a someterse, decían unos. Otros achacaban una falta de virilidad en los muchachos de la aldea, que no conseguían someter a sus mujeres.

Concentrados en este aquelarre, nos disponíamos a ofrecer a tres de nuestras más fértiles mujeres a cambio de que la luna nos volviese a mirar a la cara. En una supuesta segunda ceremonia, en caso de que esta no surtiese efecto, sería el turno de los hombres.

Los varones forzaban sus voces con golpes guturales y algunos llegaban a escupir su sangre al fuego.

Las mujeres elegidas para la ofrenda parecían entender su destino y miraban orgullosas una ceremonia que en parte había sido hecha para ellas. Entre estas se encontraba una que de nuevo había dado a luz a un varón con una cabeza excesivamente grande, lo que hacía que el parto fuese extremadamente doloroso y violento, con tan malas consecuencias para el niño como para la madre. Todavía sin fuerzas, había sido arrastrada al sacrificio por sus compañeras al ver que había quedado destrozada tras el parto.

Las nubes empezaron a moverse.

-¡Los dioses quieren hablarnos! ¡Los dioses lo quieren ahora!

El viento empezó a agitar los árboles, las nubes y las llamas que parecían también estar bailando.

El chamán que presidía el ritual cogió un hacha y comenzó a cortarles el pelo a las hembras, intentando desgarrar su piel y que sus gritos se sumasen al coro; unos gritos que fueron interpretados como el dolor de todos los partos fallidos. Tras esto las empujó a la muchedumbre del círculo para que girasen alrededor del fuego antes de morir. En su tercera vuelta la lluvia se unió al viento, reduciendo el fuego de nuestra esperanza. La luna, sobre la lluvia, dejó ver su limpia silueta.

Las mujeres en un acto de desesperación se tiraron a las ascuas con la intención de llevar a buen puerto a nuestra comunidad.

La ausencia de luz se mezcló con la oscuridad de la selva y los gritos desgarradores de las mujeres cuya piel se calcinaba alteraron a las fieras que se abalanzaron a por los cuerpos desconcertados que atendían a la sutil sonrisa de luz plantada en lo alto. Al fin la luna les estaba sonriendo.

Una ligera capa de niebla se extendió sobre la tierra húmeda y blanda, y el cielo quedó al fin completamente despejado.

 

Nabil

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s