¿Tu libertad permite la expresión?

Libertad y expresión. Dos palabras que encierran mucho más de lo que quisiéramos.

Vivimos en un mundo donde conviven diariamente millones de personas. Y decir millones de personas, implica que todas sean diferentes. Se entiende que va a haber muchos aspectos que pueden coincidir, pero hay otros en los que puede que no haya ni una sola pizca de semejanza. Hasta ahí, todo está bien porque entendemos que somos distintos físicamente (a pesar de actuar de mala forma hiriendo o recalcando aspectos negativos en el otro).

Pero, ¿qué pasa cuando nos topamos con una persona que tiene una concepción de vida, pensamiento, filosofía o elecciones que son inversas a las propias? Lo primero es renegar. No se soporta la idea que haya “algo” distinto a nuestro entender que “está bien” (porque siempre, siempre, lo nuestro va a estar bien. El resto es el equivocado). La parte del reniego puede ser manifestada desde insultos cobardes hasta falsos testimonios, por citar. Pero si le agregamos un encuentro físico o discusión en el cual “sin querer queriendo” se toca el tema en cuestión, se vuelve una situación peligrosa donde dos bandos parecen crear una guerra campal de palabras, donde se pretende que el otro ceda en sus pensamientos y dé la razón al contrincante, por no decir que se pueden dar pasos en falso. La falta de empatía, lo convierte en un intercambio violento de palabras, sin ninguna razón aparente más que la opción innegable y final de la ofensa por falta de medida en las frases utilizadas, debido a que se mezclaron los temas más de la cuenta y cuando no debían sacarse a relucir.

Si vuelvo a traer las palabras del título, tengo más para decir. Vivimos en un mundo donde conviven diariamente millones de personas, pero convivir implica saber vivir con las diferencias propias y ajenas, intentando que sea pacíficamente. A decir verdad, nunca va a existir la paz mientras haya dos personas que piensen distinto. Pero, ¿esta paz es inexistente por algo en particular? Sí. Por falta de respeto. La libertad y la expresión misma implican un proceso en el cual, así como yo tengo derecho a expresarme, el otro puede hacer lo mismo pero eso no me habilita a mí a desacreditar lo que el otro diga o piense porque lo considero erróneo. Por el contrario, se supone que hay respeto hacia la otra persona y un intento de no seguir embarrando las cosas.

Si se prende el televisor (y hasta las redes sociales), parecen los nuevos campos de batalla actualizados en los que siempre va a haber peleas por desacuerdos. Putadas, maldiciones, burlas, quejas. Nada queda afuera cuando se trata de tirar abajo lo que el resto dice. Falta de diálogo, empatía, respeto, comprensión y escucha, parecen ser algunos de los condimentos que le hacen falta hoy a las generaciones. Vivimos en un mundo donde se lincha lo distinto y donde se celebra la diversidad de pensar igual. Se sabe que somos distintos pero mientras más parecido pensemos, más felices vamos a ser. ¡Qué preciosa mentira para vivir!

Cielo Ven

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