Emigración juvenil

Miro el reloj -7:30 de la mañana-, llevo una hora esperando a que abran las puertas de embarque para despegar, literalmente, hacia mi nueva aventura en el extranjero. Soy una más de esas personas que han decidido que es mejor irse fuera, para poder conseguir un poco de experiencia de calidad en un puesto de trabajo. 27 primaveras, 4 años estudiando una carrera –incluso más en otros casos-, 1 o 2 años de máster, otro buscando empleo… Y al final, aquí estoy, con un billete de avión en la mano y la maleta en la otra. No es como pensaba que saldría desde un principio.

Suena la voz que indica que se abren las puertas de embarque, a mí me suena que me está diciendo: «la vida no suele ser como la esperas». Lección aprendida.
He conseguido guardar algo de dinero por un trabajillo que me salió por ahí, pero en unas condiciones un poco, demasiado humildes –no quiero calentarme tan temprano-, con un contrato que a veces parece cagarse en los derechos humanos, peleando si quiera por cobrar el mínimo interprofesional, ¡como si fuera un premio que me dejaran trabajar! Saltando de contrato en contrato de 3 meses cada uno, para cotizar 15 o 20 horas semanales trabajando 48. Respiro -no quiero calentarme tan temprano-.
Becarios, os aplaudo desde mi corazón. Sois los nuevos esclavos y lo sabéis, espero que cumplan lo que os dicen. Conozco alguno que deberían darle el título del ‘’Eterno Becario’’.

‘’Estudia en la universidad’’ decían, ‘’será mejor para tu vida’’. La frase que se ha repetido
durante este último año en mi cabeza, una y otra vez. Recuerdo una ocasión en la que llegué a ver un contrato donde me estipulaban, que por tener mis estudios superiores tenía ‘’la suerte’’ de trabajar como ‘’ayudante del ayudante’’. Y ahí estaba yo, tragando mierda que sé que hay que tragar, tres meses tras tres meses. No aguanté mucho. Pudiendo elegir, aunque trague mierda igual, prefiero un sitio donde me traten con dignidad, y por eso me voy.

Tengo un amigo que vive en Londres desde hace unos años, me comentó que empezó desde debajo de la escala laboral pero que ha ido subiendo, y ahora, se encuentra en un punto que le confiere cierta estabilidad, que quiere volver, sin embargo le sería imposible tal y como están las cosas funcionando en España.
No quería irme, una parte de mi sigue sin querer, pero ¿qué más le puedo hacer? Me gusta lo típico –lo que se comenta de mi país-: el sol, la comida, la gente, la fiesta… Pero detesto el trabajo precario, la falta de subvenciones para investigación, los recortes en ciencia, medicina y educación…
La operaria de la aerolínea me hace una señal que rompe mis pensamientos. Pasaporte, billete, lo llevo todo… Adiós.

Pablo Rubens

Espuma de letras

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