Cómo reeducarnos a partir de la queja

Desde hace un tiempo se ha puesto de moda los artículos que hablan sobre lo malo que
es quejarse para la salud según la neurociencia, más concretamente desde la aportación
científica del filósofo y neurocientífico Steven Parton.
Lo cierto es que no supone una novedad para los expertos en este ámbito, pues ya lo
señaló el canadiense Donald O. Hebb (1904-1985) el siglo pasado mediante un análisis
científico que se conoce hoy como “la regla de Hebb” o “aprendizaje hebbiano” (Hebb
learning rule). Asimismo, conviene señalar que este último fue el fundador de la
psicobiología por conectar psicología con neurociencia. En este artículo no voy a repetir
lo que en otros tantos se desarrolla, sino que partiendo de la idea en la que se simplifica
toda su teoría, iré a otra que, bajo mi punto de vista, tiene un sentido más práctico y
urgente a nivel individual.
En este sentido, lo que nos viene a decir tanto Hebb como, después, Parton es que
quejarse perjudica nuestra salud mental en tanto que en el cerebro existe una serie de
neuronas interconectadas por unos espacios vacíos llamados sinapsis; de manera que
cada vez que tenemos un pensamiento, “una sinapsis desencadena una reacción química
a través de esa ranura y, al mismo tiempo, sirve como puente para que la señal eléctrica
portadora de información cruce de una sinapsis a otra durante el proceso de la descarga
a todo su cuerpo”. Parton, asimismo, indica que, a medida que se va activando dicha
señal eléctrica, las sinapsis se acercarán entre ellas para reducir la distancia que la señal
eléctrica tiene que cruzar “para hacer más fácil y probable el desencadenamiento del
pensamiento”.
La consecuencia directa de este hecho, y por la que afirman que quejarse es malo para la
salud, tiene que ver con que si inundamos nuestra mente con pensamientos negativos,
volvemos nuestro cerebro más pesimista; pues el pensamiento que tengamos elegirá
siempre el atajo, es decir, el camino más corto que, de este modo, será el negativo. Y no
solo eso, sino que llega un momento en que los pensamientos negativos y recurrentes se
normalizan en nuestro bienestar tanto mental como físico.
Llegados a este punto, esta es la teoría científica de la queja, la cual se resuelve con
“intentar sonreír más” o acercarse a personas que sean positivas. Sin embargo, yo me
pregunto lo siguiente: ¿Y ya está? ¿Desde cuándo esto es así? ¿Y por qué de esta

manera y no de otra? ¿No puedo yo resolver de manera individual este hecho sin
recurrir a terceras personas? ¿Es que acaso no puedo ser yo positiva valiéndome de mí
misma? Además, ¿por qué tengo que aceptar esta realidad y no conocer su origen para
resolverlo de raíz? ¿Será que no interesa que lo sepa? ¿Por qué tanto empeño en ocultar
ciertas cosas al ser humano explicando las verdades a medias tintas, como es el hecho
de exponer el funcionamiento de nuestro cerebro ante la queja y no el origen de la
misma?
Así es, se omite el origen de la existencia de la queja y parece que es lo que menos
importa, pero realmente es la esencia de todo este asunto para frenar de manera radical
este malestar tan profundo que atormenta a los seres que no solo viven ahora, sino
también a los que están por venir. Y yo tengo una teoría relacionada con mi forma de
ver el mundo que entra dentro de esta línea de la psicobiología, compatible en absoluto
con este asunto e, incluso, enriquecedor. Teoría con la que, pienso, no me alejo de la
realidad y que, seguramente, sorprenderá: está íntimamente relacionado con lo diestro y
lo zurdo en el mundo. ¿Quieres saber más? Atento a mi siguiente publicación.

Sheila Gómez Pastor

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