Carta a Marta

Querida Marta,

Probablemente esta carta no te llegue nunca. Si es que llegas a recibirla, probablemente ni siquiera te reconozcas en el nombre inventado que he escogido para dirigirme a ti. Y… a pesar de la infinitud de probablementes que se me presentan ahora que las líneas empiezan a tomar el papel, permíteme que te escriba.

Nos conocimos hace unos días, en el bar dónde desayuno cada día antes de ir al trabajo. Yo estaba en la terraza, peleándome con las últimas páginas del libro que en ese momento llevaba encima. Tú… tú estabas dentro. Me acuerdo que -al entrar para pagar mi café- me fijé en ti porque te habías pedido una botella grande de agua, y siendo como es mi cabeza (y quizás mi imaginario ya un poco entumido), era incapaz de imaginar cómo alguien entra en un bar y pide dos litros de FontVella. Pero cuándo vi la expresión de la camarera que, de pie y a tu lado, te tocaba el hombro… me di cuenta que quizás no habías pedido esos dos litros. Quizás te los habían dado.

(Discúlpame, Marta, si lo que voy a contar ahora se escapa de esta estilística crujida de novela de quiosco y toma un tono un poco crudo.)

Estabas hiperventilando. Te temblaban las piernas y con tus manos ahogabas los pequeños gritos que se escapaban de tu boca. Tus ojos buscaban desesperados el socorro de ese hombre mayor que, carajillo en mano, no paraba de preguntarte: “Pero chica, ¿qué te ocurre?”. Tenías un ataque de ansiedad.

Me acuerdo que lo primero que hice fue deshacer rápidamente el improvisado corrillo de curiosos que se iba formando a tu alrededor. Porque necesitabas calma. Mandé al dueño del bar a llamar a una ambulancia. Acto seguido, toqué con toda la delicadeza que supe tu brazo y te dije: “Cálmate. Estás acompañada. Poco a poco, intenta respirar hondo, y muy lentamente. Estás acompañada. Muy bien, eso es… calma la respiración.” Y lo hiciste. Y te calmaste. Y pudiste. Tú sola. Tú sola pudiste.

Cuando me di cuenta que ayudarte era mucho más importante que llegar temprano al trabajo, te hice un par de bromas y te mojé la nuca (muy suavemente) para que salieras, poco a poco, del estado de shock en el que estabas.

Todo esto, querida Marta, no lo digo para impresionar a los que estén leyendo esto, afirmándome como héroe anónimo de la historia. Lo vuelvo a contar para que aquél lector que haya caído en mi carta sepa qué hacer si se encuentra en una situación como la que me ocurrió a mí.

Y me veo con fuerzas para escribirte esto porque yo, Marta, también he convivido durante muchos años con el estigma de la ansiedad. Yo sé que no es algo que suceda de repente, sé que es algo que te acompaña como te acompaña tu sombra. Y, como tu sombra, la ansiedad tampoco te pide permiso para estar ahí. Sé que se siente. Esa sensación de necesitar proferir un grito de ayuda y que la garganta no te responda. Ese sentimiento de que, estés dónde estés, te encuentras en un lugar hostil. Esa impresión de que los otros (¡ay, los otros!) simplemente no pueden entenderte.

Pero querida Marta, déjame decirte algo. De ese muro infranqueable que suponen los otros para una persona con ansiedad, hay una pequeña grieta de gente que sí que te comprende. Querida Marta, querido lector que, muy a tu pesar, te identificas con lo que estoy diciendo: no estáis solos. Hay gente que sí que os comprendemos. Porque de ésta… de ésta se sale. Si me hubieran dicho, hace unos años, que yo escribiría esto… no me lo creería. Pero la realidad es que la ansiedad te muestra que hasta el alma más vieja tiene algo que aprender. Que si uno se siente en una situación límite es que ignora el camino de salida, no que no lo haya. Y claro, ignorar el camino de salida no es vuestra culpa. Pero eso no significa que no exista. Y os ayudaremos.

Mucha fuerza,

Pol. (@polrvg)

P.D.: Querida persona que me estás leyendo; si te sientes identificado con lo que he escrito, padeces ansiedad o te encuentras en una situación límite, no dudes en contactarme. Siéntete absolutamente libre de escribirme aquí: polrvg.contemonos@gmail.com

P.D1.: Querido docente, querido familiar o conocido de alguien que padece ansiedad: esta patología es altamente frecuente en entornos académicos, y a menudo se pasa por alto. No os abruméis, no os culpabilicéis: formaos y ayudad. Esta situación puede llegar a invalidar la normalidad de la vida de un joven, y vuestro deber no es salvar sino acompañar. Sentíos igualmente libres, si lo consideráis conveniente, de escribirme aquí: polrvg.contemonos@gmail.com

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