Humanidad en crisis

Nos encontramos en un momento social digno de bajar el telón y comenzar de cero.
Atravesamos una crisis de valores que corroe el alma de nuestra sociedad y, no obstante, hemos avanzado a pasos agigantados en muchas áreas, pero a lo largo del camino hemos ido perdiendo parte de nuestra “identidad humana”.
No pretendemos ser tremendistas, pero si observamos bien los rasgos que definen nuestro retrato robot como sociedad, podremos vislumbrar que tenemos más de robot que de sociedad. Si bien hemos logrado numerosos avances, algunos de ellos han contribuido a tener consecuencias que nos afectan negativamente.
El acceso a la información de manera instantánea, por ejemplo, bien podríamos decir que nos ha “solucionado” la vida. Tiene una vertiente práctica que nos ayuda muchísimo, nos permite estar en conexión casi con cualquier parte del mundo, podemos consultar cualquier cosa cuando lo necesitemos y, en general, nos ha abierto un mundo de posibilidades. Por otro lado, este además sería uno de los avances más influyentes respecto al grupo social que estamos constituyendo ya que, con un carácter mucho más superficial, nos ha hecho ir aprendiendo a prescindir de las personas en muchos casos y , como consecuencia, esto también nos ha llevado a “desaprender” actitudes de buen trato hacia los y las demás.
Hemos desarrollado la cultura de la impaciencia debido a que podemos conseguir cualquier trámite rápidamente, lo cual igualmente extrapolamos de manera inconsciente a nuestro día a día y, a veces, nos olvidamos de que la realidad no siempre ha de ser así.
Este sistema también nos provoca la ansiedad de seguir consumiendo casi con la misma
frecuencia con que respiramos y, del mismo modo, también nos induce a formar parte de la corriente que arrastran las modas, haciendo de nosotros y nosotras individuos similares que, contradictoriamente, luchan por destacar constantemente.
Todo ello da lugar, en última instancia, a un individualismo que prima sobre todas las cosas y en el cual reside la principal enfermedad de nuestra sociedad.
Pero ¿qué podemos hacer si identificamos que no nos gusta alimentar una situación de este tipo? La toma de consciencia ya es un logro y, pese a que no nos hace libres de vernos dentro de esta coyuntura, sí que considera hacer una brecha en el cristal de la inercia: tantas veces motor de nuestras vidas. Supone resquebrajar y romper para, acto seguido, con un pie firme en la realidad y la capacidad crítica que nos produce la distancia sobre un hecho, tomar decisiones y adquirir responsabilidad.
Tomar responsabilidad implica vislumbrar y cuestionar previamente (nuestra reiterada
filosofía) y ello siempre nos impulsa al cambio. Es complicado y, en muchos casos hasta doloroso, pero tomarnos una pausa dentro de la vorágine en la que vivimos inmersos e
inmersas y observar si algo de lo que estamos haciendo no contribuye al camino hacia donde queremos ir como sociedad, es un factor determinante dentro de lo que está en nuestra mano.
Si después de esa pausa sentimos que todo está bien, al menos hemos dedicado un momento a escucharnos y a “darle voz” real a nuestra voz interior, necesidad que tenemos gravemente aparcada. En el caso contrario, si hallamos una revelación sobre algo que no nos gusta, tendremos la oportunidad de identificar y ver qué podemos hacer para mejorarlo porque, si hay algo que podemos nutrir, son esos valores que nos hagan recordar y recuperar nuestra humanidad.

Mª Ángeles Serrano Romero

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