Sobre por qué no deberían existir los artículos de opinión

Empecé la carrera de periodismo con cierta ilusión. La abandoné seis meses después, con
más ilusión aún: había sabido escapar de la carrera a tiempo. No es una carrera hecha para todos, decían mis profesores. Era cierto: el saber no había querido entrar en ella.
Lo único que aprendí en ese tiempo, fue acerca de los males que arrastra el periodismo. Ya hasta las noticias proclaman los peligros de las noticias. En la sombra quedan todavía los fallos del artículo de opinión.
El periodismo de vanguardia pone el grito en el cielo al ver la noticia lobotomizada que
abunda en Internet. Prefiere el análisis, la opinión. Como gran vanguardia que es, más rápido e inconsciente que el resto corre a estrellarse contra el precipicio. Análisis… sin analíticos.
Acaban por tomar ansiolíticos y escribir más despacio… lo mismo que escriben otros. La
opinión es eso: opinión. No se fundamenta correctamente, no aspira a conocer rigurosamente los hechos, y cualquiera puede hacerla. Bueno, en muchos casos con un título. Bueno, está bien, en los tiempos que corren, la imaginación curricular también vale. ¿Y el objetivo de cada opinión? El periodista solo quiere hacer uso de su libertad de expresión, dicen…
La opinión está en alza, hoy, para detener los estragos del tiempo. Ese tiempo rabioso, que vomita mil noticias por hora. La opinión parece a su lado un espejismo de paz, de tranquilidad.
Tan mansa, tan blanca de pureza su cara… no está tranquila. Está muerta: no ha soportado los mordiscos de los mil hechos, como perros, que hay detrás de ella. No vale nada, en resumen.
Si se alimenta de las mismas noticias basura que rehuye. Y la que parece que está un poco viva, puede ser suplantada por otra en cuestión de horas, de minutos: se han dado casos en las que la opinión ha cambiado dentro del mismo artículo. No culpemos al periodismo: son los hechos, que cambian. Así es difícil elevar las miras. Ni me imagino cómo será cuando seamos conscientes que no hay miras que elevar. Pero bueno, siempre podemos tomar los hechos como aislados, sin reflexionarlos, y aplicarles una línea de pensamiento que los unifique: cambia, todo cambia. Después de todo, hay plazo de entrega y cuerpo limitado, no pidamos más. Quizá no sea este el problema de fondo: a mí me quedan cuatro días para entregar este artículo y ya me estoy apurando para quitármelo de encima cuánto antes.
Pero su poder no se pierde: siempre se mantiene en esa parcialidad, en ser un punto de
vista, relativo, prescindible. El público, desengañado de la noticia tradicional, la consume como si fuese inofensiva, y hasta como si fuese palabra divina. Y hoy, que los nombres y apellidos no importan en la red, cualquier opinión es válida. No se distingue entre columnistas: no es importante. Despacio dejamos de distinguir entre noticia y opinión. Y volvemos otra vez a engañarnos.
Ya veis, al fin y al cabo, cualquier idiota puede escribir un artículo de opinión, cómo este,
en menos de una hora y sin pensárselo mucho. Al fin y al cabo, quien escribe quizás sepa
menos que vosotros, quizás comenzase a escribir este artículo sin saber muy bien que decir y siguiese adelante sin saber por dónde iban los tiros, ni cómo acabar.

Juan Martínez

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