La reina de la noche

Siguió la luna paseándose por el cielo bajo la recelosa mirada de las estrellas, envidiosas de ella, la reina de la noche. Una, solamente una, era capaz de comunicar con los corazones de las almas perdidas en la oscuridad. Seguí mirándola, apoyada en la ventana de aquél tren. Sabía que el sol la estaba persiguiendo, pero aun así, su estupefacta silueta no dejaba de sorprender a aquellos afortunados que levantaban la cabeza para contemplarla. Y, yo. ¿Qué quería ella de mí?, quizás no iba la diosa del blanco tan equivocada. ¿Era yo un alma perdida? Mis preguntas eran inertes durante el día, el sentido común de los idiotas las aplastaba, sin merecer respuesta alguna. Pero ella, ella sí que sabía. Sabía lo que yo no sabía que tenía que saber. Intenté tocarla desde la ventana, pero el dedo se alejaba de ella automáticamente con el movimiento de aquél estúpido tren. Parecía como si sus respuestas se alejaran cada vez más de mi desesperada alma. Quizás era el silencio su más poderosa arma. Su tímida sonrisa se agrandaba con los días, hasta quedarse con la boca abierta, quizás perpleja de las maravillas que callada en el cielo su presencia podía causar. A veces se desvanecía por completo, dejando un rostro oscuro, pícara, para llamar la atención de sus espectadores, diciendo “¡me he escondido!” pero la siguiente noche no podía aguantar más y salía ni que fuera un poco para deslumbrarnos de nuevo .

Cada noche en la estación me despedía del día dando la bienvenida a la mujer de blanco y, suavemente, con los labios dibujaba la palabra “hola”. ¿De verdad me estaba hablando? ¿Por qué a mí? ¿Qué quería? Y no había noche que mi alma no fuera acariciada por ella. Me iba a dormir con la luna agarrada al pecho y, me levantaba con éste vacío. ¿Por qué se iba? Las inquietudes por conocer el misterio que abarcaba el cuerpo celeste me invadían la mente hasta un punto en el que parecía que en mi vida solo hubiese lunas, lunas de todos tipos, en todas las fases, de todos los tamaños y por absolutamente todas partes. Y, fue justo en este momento, cuando del cielo me cayó la respuesta. La luna no quería nada de mí, no se escondía de mí, no me acariciaba solo a mí. Era yo, maldita alma inquieta, quién buscaba luz donde no la había. Buscaba en ella lo que faltaba en mí, eso es lo que yo no sabía. La luna se había convertido en una obsesión durante mis días, y me quedaba asombrada cuando aparecía por las noches. Ella solamente colgaba del cielo para irse hasta el día siguiente.

Quizás pecaba de demasiada fe, quizás me había perdido en mis propias necesidades sin entender que solamente yo podía conocerlas para encontrar paz en el alma. Siguió la luna paseándose por el cielo bajo la recelosa mirada de las estrellas, envidiosas de ella, la reina de la noche. Me sonrió, como siempre, y le dije “hasta mañana”, pero esta vez, yo también llevaba una sonrisa en la cara.

Teresa Jordà Baleri

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