El espectáculo de la conciencia

Tuve una vez una profesora de ciencias que nos decía que los problemas había que verlos desde fuera para poder afrontarlos y relativizarlos. “Hay que salirse del punto de referencia, como explica la Física”. No le faltaba razón, porque para entender qué es lo que está ocurriendo y actuar en consecuencia de manera racional, lo más lógico es salirte de tu propia piel.

Y así fue como nació la Filosofía.

Hubo un momento en el que las cosas simplemente se hacían. No había dudas, no había crítica, solo existía la inconsciente certeza de que las cosas ocurren. Se respira, se mira, se camina, se teje, se responde, se cultiva, se duerme. El entramado de acciones formaba el trato cotidiano entre cosas y personas; simplemente, se hacía, simplemente, existía.

¿Qué evento irrumpió dicha tranquila convivencia para dar paso a la pregunta Filosófica? La conciencia. ¿Cómo? Mediante la poesía.

En el siglo VIII a.C. Homero se inventó el juego del espectáculo. Con su poesía (Ilíada, Odisea) narró la vida de personas iguales que las gentes que escuchaban sus historias. Elevó a las gentes para contarles su vida en vida de otros seres inventados, y además retrató la totalidad, hablando desde artes u oficios hasta circunstancias, reacciones o motivaciones.

Consiguió una distancia necesaria para ver y comprender las cosas mediante la exposición del tejido de acciones en los que se fundamenta la vida humana, y así, las gentes se sintieron fascinadas simplemente por el hecho de que ocurriesen cosas, más que por las cosas que pasaban en sí.

Ahora bien, Homero estableció un marco topográfico entre seres humanos y dioses que impidió la pregunta, más profunda y tardía, de por qué ocurren así las cosas. En este marco los dioses se sitúan “allí arriba”, en el Olimpo, mientras que el resto, en la tierra. Todo queda determinado por los dioses según sus deseos, luchas o estádos de ánimo y nunca se sabe qué ocurrirá.

Más tarde, es Hesíodo en su poema Teogonía (VII a.C.) quien abre ese marco topográfico y habla de “lo que había antes de nada”. Su kháos supone una separación en la que se definieron seres humanos y dioses distivamente. Más tarde añade un proemio donde critica a Homero por el hecho de “dedicarse únicamente a contar las cosas que pasan y no decir las cosas verdaderas que hay que decir”, esto es, no limitarse a decir historias sino reconocer y definir en qué consiste su pesar.

Este entramado cultural se conviertirá en la tradición épica y lírica, a partir de la cual surgirá un discurso radicalmente nuevo que se planteará cuestiones profundas y abstactas, pasando del mito al conocimiento.

Andrea Díez

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1 comentario en “El espectáculo de la conciencia”

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